Clasismo, conflicto intergeneracional, letras misóginas: el odio al reguetón va más allá del gusto musical

Estudiosos del género y de otros paralelos como el ‘trap’ o el pop urbano subrayan que el rechazo que suscitan puntúa positivamente en algunas capas de la sociedad

Daddy Yankee, el 26 de agosto, durante una actuación en Orlando, Florida, dentro de su gira mundial 'La Última Vuelta'.
Daddy Yankee, el 26 de agosto, durante una actuación en Orlando, Florida, dentro de su gira mundial 'La Última Vuelta'.Gerardo Mora (Getty Images)

Esta será recordada como la época en la que la humanidad se puso a perrear. El reguetón ha supuesto una revolución en la música planetaria y ha puesto la música latina en primera división. Sin embargo, la historia del reguetón es también la historia de cómo se ha perseguido el género. Un estigma que se extiende a otras músicas paralelas que tampoco son comprendidas por algunos sectores de la población, generalmente los de mayor edad: desde el trap o el pop urbano (con su afición al también incomprendido autotune) a las eclécticas creaciones de Rosalía, que son frecuente objeto de controversia en las redes sociales. En ocasiones, da la impresión de que declarar que a uno no le gusta la música juvenil es incluso un signo de distinción. Que puntúa positivamente odiar el reguetón. Que se puede presumir de ello. Y se presume.

Diferentes personalidades se han pronunciado sin complejos contra el reguetón y sus alrededores, del cantautor Pablo Milanés al pianista James Rhodes. El presentador televisivo Ramón García considera que el último disco de Rosalía es una “mierda”, según declaró en su espacio de la televisión autonómica de Castilla-La Mancha. Si bien parece que la presencia de estas músicas es cada vez más ubicua y su aceptación mayor, el rechazo permanece en el aire. Precisamente su ubicuidad, en radios, bares, chiringuitos o franquicias textiles, hace que las chispas salten con mayor frecuencia: el éxito genera la reacción.

En el caso del reguetón, el estigma le viene desde los orígenes. “Incluso en Puerto Rico, antes de llamarse reguetón, cuando aún se llamaba underground, generaba prejuicios, se intentaba cancelarlo. Los policías multaban a la gente que lo escuchaba, aunque fuera dentro del coche y no en la playa o un espacio público, a los chicos les rompían los casetes”, relata el periodista Pablito Wilson, autor del libro Reggaetón, una revolución latina (Liburuak), que narra la historia del género desde los orígenes jamaiquinos, panameños y, por ende, africanos. Una coctelera cultural de donde salieron (además de tantos otros hilos de la música contemporánea) el ritmo del dembow y otros similares, bases del perreo.

Así hasta la explosión del género en Puerto Rico de mano de quienes ya son grandes clásicos del género como Tego Calderón, Don Omar o Daddy Yankee (su Gasolina puso en 2004 a estos ritmos en el mapa global). Desde aquellos orígenes, más crudos y macarras, el género se ha ido haciendo mainstream y, como es natural, más apto para todos los públicos. Un caso notorio es el de Nicky Jam, ya padre, que ha mostrado cierto arrepentimiento por las letras de sus primeros tiempos y aboga por unas temáticas más responsables. “Hay quien dice que el reguetón de ahora ya es rhythm n’ blues, aunque hay un fenómeno en las discotecas que vuelve a los orígenes”, apunta Wilson. En 2002, cuando el estilo aún estaba en estado larvario, una senadora puertorriqueña logró la aprobación gubernamental en la isla para censurar el género, inquieta por sus contenidos violentos y sexuales, mientras apoyaba a otros músicos más comerciales.

Factores para despreciar el perreo

Bad Bunny, durante su actuación en el 'America Festival', Filadelfia, el pasado 4 de septiembre.
Bad Bunny, durante su actuación en el 'America Festival', Filadelfia, el pasado 4 de septiembre.@ShareifZ (WireImage)

El estigma del reguetón se produce por la concatenación de varios factores. Uno de ellos podría ser el clasismo: el desprecio por parte de algunas capas de la población a la música que escuchan los sectores más vulnerables, la gente de los barrios, los migrantes. “Es una mezcla de clasismo, de europeísmo mal entendido y de viejos prejuicios coloniales”, escribe el periodista Víctor Lenore, que ya había señalado el fenómeno en su libro Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural (Capitán Swing) y que ahora prologa el volumen de Wilson. “Despreciamos tres categorías de música: la hecha en español, la pensada para bailar y la firmada por artistas que vienen de entornos pobres”, añade Lenore.

Más allá de eso, circulan algunos estudios que vinculan el gusto por el reguetón con un bajo coeficiente intelectual. “A veces se utilizan los datos de manera perversa”, opina Wilson. “Se ha dicho que los seguidores del reguetón tienen bajo nivel cultural, pero no es porque escuchen reguetón, es porque muchos fans forman parte de sectores marginados de la sociedad a los que no se les ofrece una buena educación”.

Otro factor que colabora en el odio al reguetón es el contenido abiertamente sexual de muchas de sus letras, pese a que se encuentra en muchos otros estilos musicales: la pelvis de Elvis también levantó ampollas en los años cincuenta. Suscitan también debate porque con frecuencia son tildadas de misóginas, sobre todo en los orígenes del género. “Hay algunas mujeres feministas que ahora defienden el reguetón como una forma de liberar el cuerpo, otras dicen que es más de lo mismo, que hace más daño que bien”, señala Wilson. La figura de la artista colombiana Karol G suele señalarse como referente feminista en este ámbito musical. Chocolate Remix apuesta por un reguetón queer y transfeminista. Bad Bunny, ya estrella global, se ha significado a favor a la causa feminista, LGTB y antirracista. “No se va a superar nunca el rechazo al reguetón, es como el racismo o la homofobia”, declaró a este periódico en 2021.

A los viejos no les gusta perrear


El grupo Sex Pistols, en julio de 1976.
El grupo Sex Pistols, en julio de 1976. Mirrorpix (Mirrorpix via Getty Images)

Por supuesto, en el rechazo a estos ritmos influye el componente generacional. Con la edad, el gusto musical se cierra a nuevas corrientes y se tiende a pensar que cualquier tiempo pasado (particularmente el de la propia juventud) fue mejor. En internet se aprecia nítidamente el fenómeno cuando se critica la ilegibilidad de las letras dadaístas y urbanas de Rosalía. Esas letras no se entienden, se dice. Rosalía, tú antes molabas, se escribe. Aquí has perdido a un fan, se advierte, a veces con excesivo dramatismo.

“Cada cierto tiempo aparece un nuevo estilo musical con el que las nuevas generaciones se identifican y las anteriores rechazan con argumentos parecidos (‘eso no es música sino ruido’, ‘todo ritmo pasado fue mejor’)”, explica Carles Feixa, catedrático de Antropología Social en la Universidad Pompeu Fabra. “Si los amantes del jazz y del swing criticaron el rock, los anteriores reprobaron el heavy o el punk, los anteriores el techno... y todos los anteriores rechazan ahora el reguetón y el trap”, ejemplifica. Según el antropólogo, el reloj del gusto musical suele detenerse en la juventud y, más que producirse un tranquilo relevo generacional, desde la aparición del rock n’ roll los nuevos ritmos suelen ser signo de ruptura.

El punk, ahora en el candelero por la serie Pistol (Disney+), centrada en la peripecia de los pioneros Sex Pistols, grandes enemigos culturales de la recién fallecida reina Isabel II, no solo fue estigmatizado en sus inicios, sino que perseguía serlo, epatando al burgués, creando el escándalo. De igual modo, el trap ha sido calificado con frecuencia como el nuevo punk para las nuevas generaciones nihilistas. Con la vehemencia que cobran las batallas culturales en las redes sociales, el debate entre los antiguos y los modernos (un tópico de la cultura occidental), entre los viejos roqueros, que nunca mueren, y los nuevos traperos, que acaban de nacer, se hace más visible. Es curioso el caso de C. Tangana, que se ha ganado el favor de todos los públicos implicando en su disco El madrileño a buena parte del star system en español que le precedía, como Kiko Veneno, Jorge Drexler o Andrés Calamaro. Una forma inteligente de tender puentes entre generaciones, que funcionó.

“No creo que el reguetón sea una música polémica”, concluye Pablito Wilson. “Creo que nos ha tocado vivir el tiempo en el que el reguetón es polémico, pero eso pasará. En otras épocas también fue polémico el rock, la música disco y hasta el tango, que se consideraba de una gran obscenidad”.

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Sobre la firma

Sergio C. Fanjul

Sergio C. Fanjul (Oviedo, 1980) es licenciado en Astrofísica y Máster en Periodismo. Tiene varios libros publicados y premios como el Paco Rabal de Periodismo Cultural o el Pablo García Baena de Poesía. Es profesor de escritura, guionista de TV, radiofonista en Poesía o Barbarie y performer poético. Desde 2009 firma columnas y artículos en El País.

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