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Columna
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‘Atlantic Crossing’ o el estímulo del republicanismo

La serie, que se puede ver en Movistar+, pretende narrar la ejemplaridad de la familia real noruega tras la invasión nazi, pero consigue el efecto contrario

Kyle MacLachlan y Sofia Helin en una escena de 'Atlantic Crossing'. En vídeo, tráiler de la serie.
Ángel S. Harguindey

Lo ejemplar de Atlantic Crossing, (Movistar+) es la distinta percepción que puede haber entre los creadores de la serie noruega, y el espectador de la misma. En los ocho capítulos en los que, presuntamente, se pretende narrar la ejemplaridad de la familia real noruega tras la invasión del país por las tropas alemanas en 1940, lo que percibe el espectador son los grandes privilegios reales. Se supone que la intención de quien ideó la serie, Paul Minx, era la de ensalzar las figuras del rey Haakon VII, de su hijo, el príncipe heredero Olaf y, sobre todo, de su mujer, la princesa Marta y la atracción que sentía hacia su persona el presidente Roosevelt, una trama en dos direcciones: el hipotético comportamiento valeroso del rey y de su hijo, y una relación platónica entre el presidente de EE UU y la princesa.

El comportamiento de las realezas nórdicas durante la Segunda Guerra Mundial osciló entre el colaboracionismo danés, la resistencia noruega y la ambigüedad sueca, claro que la resistencia noruega la llevaron a cabo los ciudadanos. El rey y su hijo, exilados en un ala del londinense palacio de Buckingham, poco o nada hicieron por la liberación nacional salvo resistirse a la claudicación exigida por Hitler y abandonar el país. Hay una escena entre el presidente Roosevelt y la princesa Marta que manifiesta el afán hagiográfico de sus responsables. Roosevelt le dice a la princesa: “Ni me imagino por lo que habrá pasado”. Lo que pasó fue que llegó a Estados Unidos con sus tres hijos y una ayudante tras un periplo de palacio en palacio y de suite en suite. En resumen: una serie promonárquica que, probablemente, impulse el republicanismo del espectador.

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