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Tribuna
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Los nuevos nostálgicos del franquismo no conocen a Franco

Hay un hilo invisible que une la lectura complaciente de la dictadura con los que opinan que hablar de memoria divide a los españoles

Un joven en una manifestación ultraderechista en 2023.
Coradino Vega

Dado lo que supuso, siempre es oportuno hablar de Franco, pero si atendemos a las encuestas que confirman el giro ultraderechista de la juventud y su creciente pulsión autoritaria, quizás lo sea hoy más que nunca. Quienes nacimos alrededor de los setenta estábamos acostumbrados a que los nostálgicos del dictador se congregaran de manera algo estrafalaria y marginal cada 20 de noviembre; sin embargo, ahora resulta que quienes han engrosado notoriamente sus filas son nuestros hijos. A lo largo de la democracia, siempre hubo un reducto juvenil que coqueteaba con la simbología preconstitucional, ya fuera en colegios y entornos especialmente derechizados o dentro de los grupos ultra de los equipos de fútbol. En esos contextos podíamos seguir identificando a los jóvenes que cantaron brazo en alto el Cara al sol durante la última visita del Papa a Lisboa o incluso a los que querían putodefender a España en la calle de Ferraz el año pasado. Pero cualquiera que entre hoy día en un instituto comprobará que ese pedigrí de nacionalismo español con ribetes franquistas, hasta hace no mucho minoritario, va ganando adeptos a pasos agigantados.

Forma parte del tsunami reaccionario mundial, se da en alumnos de cualquier clase socioeconómica y llama la atención cuando son los de las más humildes quienes arremeten contra los inmigrantes y el “hembrismo” que discrimina a los varones, o hacen chistes racistas u homófobos, o cargan contra los impuestos y lo público o, como acto subversivo, gritan disimuladamente “¡Viva Franco!” con una mezcla de travesura, matonismo, frustración y desamparo. Ninguno sigue la actualidad por la prensa seria. La mayoría, en cambio, conoce a youtubers o tiktokers que vierten en las redes sociales teorías conspiranoicas, consignas que incitan al odio y fakes que son creídos y reproducidos a causa de la autoridad que les da su multitud de seguidores, y con la que no puede competir nadie. Esos bulos, que también se cuelan por las bromas de gamers e influencers deportivos, surgen casi siempre de personajes que confluyen con la extrema derecha en la desacreditación no solo de los “parásitos” de los políticos, sino de las instituciones, la democracia, los medios que verifican sus noticias: de ahí la gravedad de los discursos que azuzaron el mantra del Estado fallido tras la catástrofe de Valencia. ¿Cómo no seguir explicando en clase, una y otra vez, en qué consistió la dictadura si uno de los infundios más divulgados a raíz de la dana fue que la causa de las inundaciones había sido la demolición gubernamental de las presas construidas por Franco?

Esa pedagogía de la memoria se ha vuelto un deber cívico, pues si no desmontamos lo engañosos que son los discursos que, por medio de la nostalgia, ponen en valor la paz y prosperidad del desarrollismo en contraposición al caos del presente, estaremos fracasando ante quienes difunden una versión de la dictadura que, curiosamente, nunca se detiene a matizar el origen del retraso de su despegue económico ni a recordar su naturaleza corrupta o la brutalidad criminal de su represión continua. Hay un hilo invisible que une la lectura complaciente del tardofranquismo con los argumentos que esgrimen que hablar de memoria atenta contra la concordia, reabre las heridas y divide a los españoles. A quien adolece de una ignorancia histórica tal para creer que la Guerra Civil fue una revuelta popular contra Franco, habrá que enseñarle qué ocurrió y que los hechos no son opiniones (a ser posible, evitando metodologías que puedan llevar a la banalización que Tony Judt detectó en el Monumento a los judíos asesinados en Europa de Berlín, cuando vio a los colegiales de una excursión jugar al escondite entre sus piedras). Y a las familias que tildan de adoctrinamiento una concienciación democrática que, en otros países de nuestro entorno, no resulta tan problemática, habrá que exponerles que no se trata de un asunto partidista, sino de una comprensión transversal de las bases en las que se sustenta nuestro Estado de derecho.

Es curioso observar cómo incluso entre los jóvenes de origen inmigrante va calando la estética y las bravatas neofranquistas, escindidos en su doble identidad entre la gratitud y el miedo de sus mayores y la misma necesidad de aceptación social que hace que algunas chicas defiendan a los fanfarrones bros de la clase. Muchos de los padres de los alumnos latinoamericanos de segunda generación huyeron de regímenes tan execrables como el de Franco, y quizás por eso perseveren en unas formas de cortesía que los padres españoles de estos nuevos nostálgicos perdieron en su camino de individualismo neoliberal por el que se fueron quedando también las conquistas sociales de los suyos. Esos abuelos que conocieron de primera mano el franquismo y alcanzaron la libertad con la Transición no pueden permitir que sus nietos ensanchen la minoría que hasta ahora anhelaba a un dictador. Ninguno podemos permitirnos el lujo de olvidar que, cuando la barbarie gana, no es por la fuerza mayoritaria de los bárbaros, sino por la inoperancia de los civilizados.

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