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Tribuna
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Grietas en la Internacional reaccionaria

El giro en política exterior de Trump ha hecho aflorar las contradicciones de los proyectos nacionalpopulistas europeos

Ilustración de Sr. García para la tribuna 'Grietas en la internacional reaccionaria', de Lilith Verstrynge, 25 de marzo de 2025.

En la Europa de hoy, apenas queda un consenso en pie: el orden internacional de 1945 pertenece ya al mundo de ayer. El giro de la política exterior de la nueva Administración Trump con relación a la guerra de Rusia, sus ambiciones expansionistas en Groenlandia y su reciente política arancelaria, han sacudido la apacible conciencia europea. Y, ante este escenario incierto, la Comisión ha propuesto el llamado Rearm Europe, generando una reconfiguración a toda velocidad de las posiciones políticas a lo largo y ancho del continente.

En esta Europa nuestra, diversa y vasta, que abarca cinco husos horarios y donde cabrían 2.100 Maltas dentro de una sola Francia nadie escapa a las tensiones y contradicciones que la situación internacional ha provocado en su interior. En España, estas fracturas se hacen especialmente visibles en la izquierda, donde el gobierno de coalición y sus socios parlamentarios se reparten entre quienes abogan por un salto geopolítico de la Unión y el fortalecimiento de su defensa común, y quienes rechazan cualquier aumento del gasto militar, advirtiendo que una “carrera armamentística” solo conducirá al desastre. No está unida la izquierda, pero tampoco la derecha; a la gran familia de la extrema derecha europea se le abren grietas bajo los pies.

Algunas voces críticas describen a la extrema derecha como una “internacional del odio”, una alianza articulada alrededor de un nacionalismo irredentista, el rechazo al “globalismo” y a Bruselas y la admiración por líderes fuertes como Trump o Putin. Pero, ante la irrupción de este nuevo mundo, ¿cómo ha reaccionado la extrema derecha europea? ¿Cómo se posicionan frente a la guerra de Ucrania y sus consecuencias? ¿Apuestan por un rearme europeo autónomo o los EEUU siguen siendo un aliado natural? ¿Cómo encaja en su visión del mundo una guerra arancelaria que amenaza los intereses de los sectores económicos y sociales a quienes dicen representar?

No son cuestiones menores: gobiernan en más países que nunca. Además de ostentar las presidencias de Italia y de Hungría, gobiernan en coalición en Croacia, Eslovaquia, Finlandia y Países Bajos, y son decisivos en Suecia. Su ascenso parece imparable también en los dos grandes motores europeos, Francia y Alemania.

Si su auge es un hecho incontestable, su relación con Bruselas, la OTAN y Washington se ha convertido en un terreno pantanoso. Un ejemplo revelador es el de Giorgia Meloni. Tradicionalmente, los Hermanos de Italia han sido críticos con “la Unión Europea de las élites” y crecieron oponiéndose a políticas como el Pacto Verde Europeo. Su euroescepticismo de raigambre posfascista se extendía a la OTAN y a la política exterior de Estados Unidos. Todo cambió al ser nombrada primera ministra de Italia en octubre de 2022. Desde entonces, sus posiciones en política internacional han virado hacia un “pragmatismo europeísta” más alineado con la OTAN. Ha llegado a afirmar que una defensa autónoma europea, fuera de la OTAN, es una idea ingenua o una locura.

La reciente actitud desafiante de Trump hacia Europa ha colocado a la primera ministra italiana en una posición incómoda. En el plano económico, su conexión privilegiada con Washington es endeble debido al enfriamiento del aterrizaje de la red de satélites Starlink en Italia. Cada vez hay más dudas de que la seguridad italiana dependa de una empresa propiedad de Elon Musk.

A diferencia de Meloni, Viktor Orbán se ha consolidado como el hombre fuerte del Kremlin en la Unión. Ha bloqueado sanciones a Rusia, rechazado el envío de armamento a Ucrania y defendido una relación estrecha con Putin y con “el tornado Trump”. Aislado en Europa, su posicionamiento nítido con los dos líderes ultraconservadores cada día encuentra una mayor oposición dentro de su país.

En una línea de afinidades similar, Marine Le Pen nunca ocultó su cercanía con Putin y Trump, al menos hasta que la guerra en Ucrania y la escalada arancelaria la forzaron a matizar su discurso. Además, como reveló el medio francés Mediapart, su relación iba más allá de las palabras: estrechos vínculos financieros, y miles de euros a cambio de intervenciones favorables a Moscú en el Parlamento Europeo. Recientemente, en una entrevista con Le Figaro, la líder francesa relativizó la amenaza rusa en Europa, argumentando que la prioridad en materia de seguridad debía ser el terrorismo yihadista y advirtió que un eventual sucesor de Putin podría ser incluso más hostil a Occidente. Aunque en el pasado defendió la salida de Francia de la OTAN, en 2022 abogó por abandonar únicamente el mando militar integrado. Frente a Trump, Marine Le Pen mantiene una cierta distancia para no alejar al electorado más moderado, aunque ha afirmado que podrían entenderse sin dificultad porque hablan “el mismo idioma”, el de “la defensa de los intereses nacionales”. Sin embargo, esta semana ha arremetido contra la política arancelaria estadounidense y su impacto en los vinos y licores franceses, advirtiendo que podría llevar al colapso del sector: “la agricultura francesa es siempre la gran sacrificada”.

Tanto en España como en Portugal, las extremas derechas ibéricas han estado siempre más alineadas con el atlantismo. Ante la imposición de aranceles a los productos españoles y portugueses han sido estruendosos los silencios. En el caso de Vox, la tensión ha sido evidente. Santiago Abascal se ha visto obligado a desmentir su apoyo a los aranceles tras las críticas tanto externas como internas, que han desatado toda una crisis dentro de su propio partido. A pesar de que tanto Chega como Vox han respaldado, con mayor o menor entusiasmo, la causa ucraniana y el envío de armamento, rechazan el rearme europeo y cualquier cesión de soberanía en materia de defensa.

Por último, Alternativa por Alemania representa un caso singular dentro de la extrema derecha europea. A pesar de ser una fuerza política netamente prorrusa que ha cuestionado el apoyo a Kiev, ha encontrado cierta oposición en sus filas debido al anticomunismo. Esta tensión con Rusia recorre la propia historia de Alemania y del nacionalismo alemán. Recordemos como para Hitler la expansión del espacio vital alemán pasaba por el este y por el sometimiento de los pueblos eslavos. Sin embargo, una buena parte del apoyo social del partido vivió en la antigua RDA y se sienten en deuda con los rusos. Sobre el rearme alemán y ante la alianza entre el nuevo canciller Merz, el SPD y los Verdes, AfD se ha posicionado en contra. Con relación a Trump, el apoyo incondicional de Musk durante las recientes elecciones generales en Alemania lo dice todo.

Las contradicciones que han aflorado en las últimas semanas a raíz de los posicionamientos internacionales de la extrema derecha europea no son más que la expresión de las tensiones internas históricas que atraviesan los proyectos populistas de derecha en el continente. Los adalides de la soberanía nacional y la identidad europea se encuentran atrapados en un juego de equilibrios precarios. Apoyar a Trump implica asumir el riesgo de una guerra comercial que golpee a sus propias industrias; alinearse con Putin supone tensar aún más las relaciones con sus propios socios europeos. En sus Cuadernos de la Cárcel, Antonio Gramsci analizaba cómo en algunos momentos de crisis, partidos con una fuerte retórica nacionalista y que dicen defender la soberanía de sus pueblos aparecen en consonancia con potencias extranjeras. El apoyo inquebrantable de Orbán a Putin o la complacencia de Vox o Marine Le Pen con Trump demuestran que sus prioridades están lejos de sus propias fronteras.

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