CRISIS CLIMÁTICA
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El grito de la última generación. Pegarse con cola al escenario puede ayudar a salvar el mundo

Los nuevos activistas del clima están desplegando estrategias cada vez más polémicas para llamar la atención. Las sufragistas pedían el derecho al voto en el siglo XX atacando obras de arte pero, no con sopa, sino con hachas

Activistas medioambientales del grupo Extinction Rebllion protestan en las oficinas de la empresa Monsanto, el 13 de mayo de 2022, en Buenos Aires.
Activistas medioambientales del grupo Extinction Rebllion protestan en las oficinas de la empresa Monsanto, el 13 de mayo de 2022, en Buenos Aires.Rodrigo Abd (AP/LAPRESSE)

Una de las numerosas tradiciones memorables de Viena es el Concierto de Año Nuevo del 1 de enero, cuando la Orquesta Filarmónica interpreta valses en su Sala Dorada. El concierto se retransmite por las televisiones de todo el mundo, y este año estuvo a punto de producirse un momento especial cuando los activistas contra el cambio climático del movimiento Letzte Generation (última generación) casi consiguieron entrar en la venerada sala de conciertos para pegarse con cola al escenario. Los detuvieron antes de llevar a cabo su misión.

No fue más que una de las acciones de protesta en lugares muy públicos ejecutadas por estos activistas del clima, que emplean pegamento instantáneo y sopa para atacar obras de arte o interrumpir el tráfico con el fin de concienciar a la gente e incluso obligar a hacer cambios. Ahora bien, de todas esas acciones, la idea frustrada de atentar contra el concierto de Año Nuevo tiene una justicia poética particular: el contraste entre un mundo dorado y atemporal de instrumentos relucientes y exquisitos arreglos florales en el que nunca ocurre nada malo y el sentimiento de urgencia de una generación que se define como “la última”.

Se acusa a los activistas de vandalismo. Sus detractores alegan que arrojar sopa a unos cuadros (siempre protegidos por un cristal), interrumpir conciertos y cortar el tráfico no favorece a la causa; sus protestas convierten a sociedades enteras en rehenes de los intereses de una pequeña minoría y ponen a la gente en su contra. Según estos observadores, son actos desmesurados, histéricos, inapropiados y destructivos.

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Varios gobiernos, por su parte, estudian la posibilidad de calificarlos como terroristas.

Pero ¿cuál es el comportamiento apropiado en un mundo demencial ante una situación desesperada? ¿Qué es lo normal cuando el mundo se ha vuelto loco?

Policías alemanes se llevan a la activista sueca Greta Thunberg en el límite de la mina de carbón de Garzweiler, junto a la aldea deshabitada de Lützerath, el pasado 17 de enero.
Policías alemanes se llevan a la activista sueca Greta Thunberg en el límite de la mina de carbón de Garzweiler, junto a la aldea deshabitada de Lützerath, el pasado 17 de enero.Federico Gambarini (AP/LAPRESSE) (AP)

Los científicos aseguran de manera absolutamente inequívoca que la humanidad se está devorando a sí misma en una cascada de catástrofes, que el crecimiento infinito es imposible en un sistema finito, que el sistema que los activistas llaman “capitalismo fósil de vigilancia fósil” avanza a trompicones hacia su merecida desaparición y que, en esa deriva, causará daños incalculables al clima, la biodiversidad y las sociedades humanas. También tienen claro que las decisiones que se tomen en los próximos 10 o 20 años conformarán probablemente el futuro de la vida en la Tierra durante siglos.

Sabiendo todo esto, ¿cuál es el comportamiento adecuado? Por supuesto, no estamos ante “la verdad”, porque esta no es más que una modelización científica de datos y pronto habrá más datos y más modelos adaptados, pero sí ante el mejor conocimiento que poseemos, basado en el mismo trabajo científico que nos ofrecen los teléfonos móviles, internet, los frigoríficos y los viajes espaciales. Las sociedades confían en la ciencia cuando tiene aplicaciones prácticas, pero se olvidan de ella cuando su mensaje se vuelve problemático. Eso es lo que Letzte Generation quiere que comprendamos y cambiemos.

¿Cuál es el comportamiento adecuado cuando se han agotado todos los demás medios? ¿Y qué dirección van a emprender los activistas? El grupo activista británico Extinction Rebellion, que fue el primero en utilizar el pegamento instantáneo como medio de protesta, acaba de anunciar un cambio de estrategia con el paso de las acciones disruptivas a la construcción de comunidades. Otros grupos de activistas climáticos parecen inclinarse hacia formas más radicales de activismo y campañas más arriesgadas.

La situación de los activistas del clima recuerda a la de otro movimiento de protesta que luchó contra el letargo de la opinión pública con medios increíblemente similares. Hacia 1900, las defensoras de los derechos de la mujer y, en especial, las sufragistas británicas, que luchaban para conseguir que las mujeres tuvieran derecho al voto, no sabían ya cómo transmitir su mensaje. Los únicos países que habían concedido el voto a las mujeres eran unos cuantos formados por sociedades inmigrantes en el llamado Nuevo Mundo. En Europa, la mitad de la población estaba excluida de la política.

La frustración de las activistas era inmensa. Llevaban más de dos décadas trabajando de forma incansable para convencer, argumentar, informar. Nada. Las sociedades en las que vivían eran completamente inamovibles, las iglesias y los parlamentos ignoraban sus súplicas, e incluso había muchas mujeres que defendían un orden patriarcal inmutable y divino.

Activistas medioambientales se manifiestan en Frankfurt por la preservación de la aldea de Lützerath, el pasado 4 de enero.
Activistas medioambientales se manifiestan en Frankfurt por la preservación de la aldea de Lützerath, el pasado 4 de enero.Boris Roessler (picture alliance/Getty Images) (dpa/picture alliance via Getty I)

A partir de 1900, especialmente en el Reino Unido, las activistas empezaron a radicalizarse. Cambiaron las manifestaciones y marchas solidarias por la interrupción de discursos políticos, ataques a obras de arte (pero no con sopa, sino con hacha), bombas en buzones, la rotura de ventanas e incluso incendios provocados, hasta que una de ellas se arrojó delante del caballo del rey durante una famosa carrera de caballos. Murió a consecuencia de las heridas.

Después de una oleada de detenciones de activistas, empezaron las huelgas de hambre en prisión, la alimentación forzada, las campañas de prensa y la colocación de más bombas. Nada. La clase dirigente se mantuvo firme y la opinión pública ni se inmutó.

¿Tenían razón las sufragistas cuando causaban el caos en la sociedad y ponían a la gente en peligro? ¿O tenían razón en principio, pero no a ese precio? ¿No era suficiente que mucha gente pensara que en principio podían tener razón, que probablemente había que cambiar alguna cosa, pero no en ese instante, de forma tan radical, tan de repente? ¿No podrían haber dado más tiempo a la sociedad para que se familiarizara con esas ideas en lugar de poner en tela de juicio los propios fundamentos del orden social y económico?

Antes de 1914, el movimiento por los derechos de la mujer había llegado a un callejón sin salida. Sus argumentos eran bien conocidos, había dejado claras sus posiciones, pero sus reivindicaciones se evaporaban frente a la política del poder y el crecimiento económico, las ideas convencionales y la religión.

Un activista climático del grupo Extinction Rebellion protesta en Londres el pasado 26 de agosto.
Un activista climático del grupo Extinction Rebellion protesta en Londres el pasado 26 de agosto.Jonathan Brady (PA/AP/LAPRESSE) (AP)

Tuvo que llegar la I Guerra Mundial para que cambiara la situación. Cuando estalló el conflicto, las sufragistas suspendieron su campaña por motivos patrióticos y los acontecimientos siguieron su curso. Durante la guerra, las mujeres desempeñaron un papel más importante en la sociedad, puesto que tuvieron que hacerse cargo de trabajos que antes hacían los hombres. Esta realidad, la realidad de una sociedad industrial en la que la masculinidad tradicional ya no tenía cabida, fue la que produjo el cambio, y al acabar la guerra, en 1918, la demanda del sufragio femenino se hizo por fin realidad.

Hoy nombramos calles en honor de las mujeres que arriesgaron la vida para protestar por los derechos de la mujer, y nuestros libros de historia las consideran unas heroínas de la lucha por los derechos humanos y civiles que se sacrificaron y arriesgaron la vida por unos principios sin tener ninguna esperanza de éxito.

La transformación de su campaña en una realidad política fue posible gracias a los cambios sociales provocados por la guerra, por una sociedad sometida a presiones para cambiar y adaptarse a unas circunstancias arrolladoras. Solo entonces cobró impulso. Pero lo más importante es que los argumentos ya estaban formulados, toda la sociedad conocía sus ideas. Sin años de protestas, valentía y activismo, sin las cartas a los políticos, los artículos, las ventanas rotas y las huelgas de hambre, habrían seguido siendo menos visibles y mucho más fáciles de marginar. Para la transformación social es importante que los argumentos fundamentales del cambio ya hayan arraigado antes de que las viejas estructuras empiecen a tambalearse y se desmoronen.

Un grupo de sufragistas monta un piquete frente a la Cámara de los Comunes (Londres), en 1924.
Un grupo de sufragistas monta un piquete frente a la Cámara de los Comunes (Londres), en 1924.Bettmann (Getty Images) (Bettmann Archive)

En los últimos años, he tenido la oportunidad de trabajar y debatir con activistas del clima y con muchos jóvenes que tienen miedo de lo que les aguarda en el futuro. Personalmente, me sorprende (y me tranquiliza) que las protestas climáticas no se hayan convertido todavía en ecoterrorismo violento, dadas las abrumadoras pruebas científicas y los obstáculos implacables a los que se enfrentan o, lo que es casi peor, el ecoblanqueo que se practica para eludir verdaderos cambios.

Ningún gobierno occidental está aprobando leyes que sean ni siquiera suficientes para limitar el calentamiento global a dos grados centígrados; y tampoco se hace lo necesario para que, por lo menos, se respeten esas leyes aprobadas. Los “ecoterroristas” actuales son los únicos terroristas cuya exigencia es que los gobiernos respeten sus propias leyes o que se conceda a las leyes naturales más importancia que a las humanas.

No obstante, ya estamos experimentando las consecuencias desestabilizadoras de la emergencia climática, unas consecuencias que van a aumentar drásticamente en los próximos años y décadas. Nuestros sistemas económicos y políticos dependen del buen funcionamiento de los sistemas naturales. Ahora que la incertidumbre que crean es cada vez mayor, es crucial que los argumentos en favor de una economía sostenible y una transición energética estén asentados después de años de frustrantes esfuerzos.

¿Qué es normal en una situación demencial? ¿Hasta dónde se nos permite o incluso se nos obliga a llegar en una situación desesperada? ¿Las generaciones futuras pondrán a las carreteras el nombre de los activistas actuales, si es que todavía hay carreteras? ¿O en el futuro se reunirá la gente cada 1 de enero para escuchar una grabación del último concierto de Año Nuevo, un documento histórico en suntuoso sonido envolvente de dolby y con una interpretación orquestal perfecta, un momento de nostalgia mientras a su alrededor se derrumba la civilización?

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