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Columna
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Intocable

Todos los que hemos estado cerca de la política durante décadas sabíamos que algo pasaba con Jordi Pujol

Jorge M. Reverte

Todos los que hemos estado cerca de la política durante décadas sabíamos que algo pasaba con Jordi Pujol. Unos más, por ejemplo los periodistas que informaban de economía o de tribunales, y otros menos; pero todos estábamos al queo de que había muchos puntos oscuros en su biografía. Desde que saltó el feo asunto de Banca Catalana, que se resolvió de forma poco airosa por tribunales superiores.

Eso, los periodistas. Pero muchos políticos sabían bastante más, y cuando se les preguntaba por Pujol y sus presuntas acciones irregulares, meneaban la cabeza y se enredaban en una farfulla siempre ligada a la política catalana. La conclusión era clara: meterse con Pujol era meterse en un avispero que podía provocar muchas picaduras. A alguno, como Raimon Obiols, que intentó no respetar la omertá, casi le matan a guantazos en su tierra.

Es decir, que muchos pensábamos que no era muy honorable. Más bien que era muy intocable. Pujol fue un precursor en la arrogante consideración de identificar su persona con la nación. Ponerle en duda era poner en duda a toda Cataluña, que como sabe cualquiera es la mitad de Cataluña.

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Pujol se ha despeñado. Y ahora le van a abrir en canal los que le han protegido con su silencio durante décadas, porque ya no pueden sostener la hombría que dentro de la Mafia se supone que hay detrás del silencio.

Lo que se ha desplomado no es la honorabilidad, que muchos dábamos por inexistente, sino la intocabilidad. Artur Mas tiene derecho a sentir compasión por Pujol, pero él y muchos cientos de sus compatriotas tienen el deber de sentir lástima por sí mismos. Porque primero le convirtieron en intocable para hacerle después honorable.

Tres décadas de ser intocable. No está mal.

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