Las cartas de Richard Strauss y Stefan Zweig, un duelo de genios interceptado por la Gestapo

Las misivas recogidas en este volumen revelan que el compositor necesitaba “un nuevo Shakespeare” como libretista y ése sólo podía ser Zweig, pero el escritor judío era un apestado para el régimen nazi

Escena de 'La mujer silenciosa', de Richard Strauss, en el Festival de Ópera de Múnich de 1962.picture alliance (picture alliance via Getty Image)

Las cartas que recoge este volumen, cruzadas entre el escritor austriaco Stefan Zweig y el compositor bávaro Richard Strauss, testimonian la fructífera cooperación artística que los unió durante cuatro años, hasta que los nazis alcanzaron el poder en Alemania. En 1931 Strauss se quedó sin su libretista de confianza: ...

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Las cartas que recoge este volumen, cruzadas entre el escritor austriaco Stefan Zweig y el compositor bávaro Richard Strauss, testimonian la fructífera cooperación artística que los unió durante cuatro años, hasta que los nazis alcanzaron el poder en Alemania. En 1931 Strauss se quedó sin su libretista de confianza: Hugo von Hofmannsthal, autor del texto de óperas tan famosas como Electra, El caballero de la rosa o La mujer sin sombra, y decidió probar con Zweig.

El autor de Amok, que era un gran amante de la música además de buen dramaturgo, le ofreció a Strauss un texto perfecto para una ópera bufa: La mujer silenciosa. Era la adaptación sui generis de una obra cómica del poeta inglés del Renacimiento Ben Jonson: Epicene or The Silent Woman. Años atrás, Zweig había cosechado un gran éxito teatral con su adaptación de otra comedia de Jonson: Volpone. Strauss quedó fascinado por el libreto y, de inmediato, empezó a componer la música que lo transformaría en una ópera graciosa, equiparable a El barbero de Sevilla.

La mayoría de las cartas son comunicaciones sobre el avance del proceso creador de la gran partitura. Strauss le anunciaba a Zweig en tono triunfante los felices hallazgos musicales, y en 1933 terminó la ópera. Mientras, ambos artistas se proponían nuevos temas para una colaboración futura que suponían larga. Zweig le daba ideas que el compositor acogía receptivo o desechaba con decisión.

Las ilusiones de ambos se mantuvieron hasta que Hitler y el Partido Nacionalsocialista Alemán acapararon el poder. Strauss, al igual que Zweig, no era hombre político, sino un artista que quería abrir paso a su arte. Las altas instancias del partido apreciaban su celebridad y lo nombraron presidente de la Cámara de Música del Reich; Strauss aceptó el cargo “para evitar problemas mayores”, confiando en que tendría libertad de decisión. Entretanto, se dictaron las leyes antisemitas que condenaban a los judíos al ostracismo en todos los ámbitos, artísticos y sociales.

Enseguida surgió el conflicto. Strauss se negó a ocultar que Zweig era el libretista de su nueva ópera e insistió en dar publicidad al nombre del célebre judío como autor del texto. Es más, insistía en seguir colaborando con él. Una y otra vez le escribía que sin su ayuda estaría acabado como artista. Zweig se mostraba más frío, sabía que los nazis no iban a tolerar semejante maridaje, sabía además que esa colaboración perjudicaría a su admirado amigo. Pero Strauss estaba fuera de la realidad. Entusiasmado con Zweig, planeaba una ópera basada en La Celestina y otra más —Semíramis— sobre textos de Calderón, y Zweig tenía que arreglarle los libretos. Pero éste era ya un apestado para el régimen nazi: habían quemado sus libros delante de las universidades junto con los de Freud, tachándolos de “basura judía”. Nada bueno saldría de ahí.

El escritor le propuso a Strauss mantener la cooperación de manera anónima y le aconsejó otros libretistas, pero el compositor necesitaba “un nuevo Shakespeare” que trabajara para él y ése sólo podía ser Zweig.

¿Cómo terminó aquel duelo de genios? Una carta de Strauss a Zweig, interceptada por la Gestapo, dio al traste con la colaboración. Strauss le escribía que el arte no entiende de “razas”. Y acabó menospreciado, destituido de su puesto por el régimen criminal, y Zweig tuvo que exiliarse lejos de Europa.

Strauss fue valiente y Zweig prudente, ambos creadores asumieron su destino; tal vez les consolara tibiamente la idea de que el arte es para siempre, mientras que los políticos, por nefastos que sean, pasan. La mujer silenciosa, con música de Strauss y texto de Zweig, quedó para la eternidad.

Correspondencia (1931-1935)

Autores: Richard Strauss y Stefan Zweig.


Traducción: Carlos Fortea.


Editorial: Acantilado, 2022.


Formato: tapa blanda (160 páginas. 16 euros).

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