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bocata de calamares
Columna
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¿Qué harías tú en un ataque preventivo de la URSS?

La geopolítica es un asunto alejado del ciudadano de a pie: su relación con la vida cotidiana no es obvia, es difícil participar políticamente y no tiene tanto sentido movilizarse. Si se iniciase una guerra a gran escala sería como la irrupción del Dios caprichoso del Antiguo Testamento

Donald Trump se reúne con el presidente ruso Vladimir Putin, el primer día de la cumbre del G20 en Osaka, Japón, el 28 de junio de 2019.
Sergio C. Fanjul

Si la bomba nuclear más potente cayera sobre Madrid todo el interior de la M-30 se vería calcinado por una bola de fuego. La radiación coparía más o menos el mismo espacio, pero la onda de choque se extendería mucho más allá, fuera de la urbe, de Rivas a El Pardo, de Coslada a Boadilla. El frente de calor colmaría prácticamente toda la comunidad, hasta adentrarse en Toledo o Guadalajara. Todo eso con una sola bomba: la bomba del zar rusa, de 50 megatones, 3.125 veces más potente que la Little Boy estadounidense que arrasó Hiroshima. Moriríamos 3,4 millones de personas y quedarían heridas 1,2 millones.

Los efectos devastadores de la explosión los muestra la web Nuclear Bomb Blast Simulator, donde se pueden elegir diferentes localizaciones a bombardear con toda una panoplia de bombas atómicas. Una ocupación muy relajante para un domingo por la tarde. Otra lectura de terror es Guerra nuclear. Un escenario (Debate), en el que la periodista Annie Jacobsen relata, con total realismo, cómo sucedería, minuto a minuto, un conflicto que acabaría con la civilización en menos de lo que dura una siesta. Una de las ventajas de vivir en el centro de una gran ciudad (si aún te dejan los fondos especulativos) es que, en caso de ataque nuclear, morirías en un instante, lo que siempre es preferible. Uno podría estar tecleando esta misma frase y en este justo punto... la nada.

Esta columna trata sobre la desconexión que siente el ciudadano con la geopolítica. Aunque los asuntos internacionales influyen en la vida cotidiana (suben los precios o llegan refugiados) parecen, al mismo tiempo, algo muy lejano. Me abandono por la calle (pongamos Atocha, ahí donde desemboca en la glorieta, una mañana al fin del invierno) y todo parece muy poco geopolítico. Contemplo a la gente inmersa en sus preocupaciones diarias: pagar el alquiler, intimar con Pepe el de Marketing, saber qué demonios es esa cosa que ha salido en el TAC. La vida pasa en la ciudad, absorta en sus minucias. La construcción de un nuevo orden multipolar parece suceder en otro mundo. En los debates de la tele. Por eso, cuando estalló la guerra de Ucrania, la vuelta de las hostilidades a la Vieja Europa parecía una historia de ciencia ficción (como, por cierto, lo había parecido poco antes la pandemia).

Si se iniciase una guerra a gran escala irrumpiría en nuestras vidas normales y corrientes como un monstruo fuera de nuestro control y entendimiento, como la intromisión del ingobernable y cruel Dios del Antiguo Testamento.

Guerra de Rusia en Ucrania

En los asuntos internacionales es difícil participar políticamente y no parece tener tanto sentido movilizarse. Disponemos de menos información, todo parece más complejo e inaccesible. Más que agencia (como se dice ahora), tenemos impotencia. Nuestro destino está en manos de hombres fuertes que, como quien juega al Risk, no actúan pensando en la ciudadanía sino en abstracciones como las misiones históricas o concreciones como las ganancias corporativas. En las guerras, mientras los poderosos se reúnen infructuosamente en los palacios, mueren los cualesquiera sobre el terreno embarrado. Nos hablan de grandezas nacionales y ansias imperiales, nos ponemos cara a cara con la Historia... al menos aquellos que no tienen que cambiar pañales o bajar a hacer la compra al Carrefour. Miro a mi hijita jugando en el salón y siento vulnerabilidad al saber que nuestro destino está en manos de seres despreciables. Y que poco podemos hacer para cambiarlo.

(Inciso: si las personas que gobiernan nuestros destinos se implicaran en la crianza, el mundo sería mucho menos belicoso, demuestra Sarah Blaffer en el reciente libro El padre en escena (Capitán Swing). Cuenta que los supervivientes de Hiroshima pidieron que, por seguridad, el arsenal nuclear estuviera en manos de mujeres lactantes. La violencia se disuelve cuando se experimenta el cuidado).

El grupo punk Polanski y el ardor, cuando la Movida, se preguntaba ¿Qué harías tú en un ataque preventivo de la URSS? No daba muchas respuestas, más bien decían cosas punkis como “no tengo novia y no me mola el Pacto de Varsovia”. Pero ponía el foco en esa sensación de insignificancia: qué haríamos nosotros, con nuestras pequeñas vidas, en la catástrofe inimaginable.

En la Guerra Fría, hace no tanto, la gente convivía con el miedo nuclear en la vida diaria y a los niños estadounidenses se les entrenaba para, en caso de ataque, protegerse bajo del pupitre, como si eso sirviera para algo. Ahora no parece tan presente la posibilidad del apocalipsis atómico y, si se plantease, seguro que muchos la jalearían en las redes sociales. Se opta por aumentar el gasto militar sin medir fuerzas o pedir presu, sin buscar estrategias de contención (como propone en estas páginas Ignacio Sánchez-Cuenca) con las que los gobernantes razonables puedan lidiar con los irrazonables. Como quien lidia con el energúmeno de la oficina o el borracho del bar.

Y, dicen los pacifistas, cuando se tienen demasiados martillos, todos los problemas parecen clavos.

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Sobre la firma

Sergio C. Fanjul
Sergio C. Fanjul (Oviedo, 1980) es licenciado en Astrofísica y Máster en Periodismo. Tiene varios libros publicados y premios como el Paco Rabal de Periodismo Cultural o el Pablo García Baena de Poesía. Es profesor de escritura, guionista de TV, radiofonista en Poesía o Barbarie y performer poético. Desde 2009 firma columnas y artículos en El País.
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