Noche en la escuela Bauhaus: en las nubes del diseño
Hay lista de espera para dormir en una de las 28 austeras habitaciones del edificio que proyectó Walter Gropius en la ciudad alemana de Dessau, una construcción protegida por la Unesco que este año celebra su centenario. Alojarse aquí es una experiencia llena de amor al arte


Entre 1919 y 1933, la Bauhaus, la escuela de diseño y arquitectura fundada por Walter Gropius (1883-1969), revolucionó los procesos del diseño y las aproximaciones a la construcción que habían prevalecido hasta entonces. En 1925, ante las presiones del pujante partido nazi, la escuela abandonó la ciudad alemana de Weimar y halló refugio en las afueras de Dessau, en el icónico edificio del arquitecto levantado en 1925 (y en un solo año) y que, desde 1996, es uno de los reconocidos como patrimonio mundial de la Unesco.
Dessau era entonces una floreciente ciudad industrial al este del país con espíritu emprendedor en la que, por ejemplo, se construían los aviones con estructura de acero ideados por el aeronáutico Hugo Junkers. Gracias a la disponibilidad y el buen precio de materiales (hierro, aluminio, vidrio, madera, acero…), la escuela de diseño vivió aquí su época de mayor productividad e indagación. Gropius quiso reconciliar artesanía, industria, tecnología y manufactura y contribuir a modernizar la sociedad en tiempos de mecanización. Aquí se desarrolló una nueva era no solo para el diseño gráfico o las artes aplicadas, sino también para el estilo de vida, porque la Bauhaus no fue únicamente una escuela de diseño sino un movimiento social, una corriente de pensamiento que cambió la manera de producir y de crear productos de calidad accesibles (entonces) y duraderos para todo el mundo. Tras Gropius, la escuela tuvo como directores a Hannes Meyer y a Mies van der Rohe.
La Fundación Bauhaus Dessau celebra este 2025 los 100 años de la llegada de los Bauhauslers (la comunidad Bauhaus) a una ciudad de 80.000 habitantes literalmente rodeada de parques en la que hoy esta escuela es visita obligada. El edificio de cristal, hormigón y metal, cuya forma vista desde el cielo se asemeja a las hélices de los aviones y que carece intencionadamente de una fachada principal, es un faro que sigue acogiendo a artistas en residencia. Barbara Steiner, su directora desde 2021, confiesa que el objetivo es “conectar la leyenda con la contemporaneidad”. “Cumplimos 100 años y la pregunta sigue siendo qué podemos esperar en el futuro en términos de construcción y diseño”.

El recorrido es revelador. Uno se familiariza con un edificio altamente vinculado a la producción industrial. Se entiende la estrecha colaboración en los talleres entre alumnos y profesores y que Gropius quisiera “recuperar los métodos artesanales para la actividad constructiva, elevar la potencia artesana al mismo nivel que las bellas artes”.

Si la visita es emocionante, aún lo es más pernoctar en los mismos estudios que habitaron alumnas o profesoras como Gunta Stölzl, Mila Hoff mann-Lederer o Anni Albers. Al ser un edificio protegido, todo está tal cual lo vivieron. Una experiencia llena de aventura y amor al arte. El alojamiento no tiene estrellas, pero sí lista de espera. Dormir aquí es un placer atravesado de actitud, un verdadero lujo. Las 28 habitaciones son austeras y espaciosas y tienen lo necesario: una cama individual, la lámpara clásica de Marianne Brandt, un ventanal amplio como el mar, una mesa, una silla tubular de Marcel Breuer, calefacción, un armario y, en 16 de las estancias, salida a esos balcones tan fotografiados y que tantas fiestas de estudiantes albergaron. Un apunte sobre ellos: la altura de la barandilla es la misma que en 1925, es bajísima, así que mucho cuidado.

La ducha y el servicio se encuentran en el pasillo y se comparten con el resto de los clientes, todos encantados de cargar con maletas por las escaleras y en desacuerdo con la fecha de nacimiento que indica su DNI. Por supuesto, no hay desayuno incluido, a no ser que se haya comprado algo en el supermercado la tarde anterior. No hay spa, no hay carta de almohadas, no hay televisión, no hay vanity kit. No se puede pedir más. Uno se quedaría en este estudio 10 años sabiendo que serían los mejores de su vida. Y es que esta parte del edificio, que los alumnos llamaban Prellerhaus, causó sensación en 1926 porque, por primera vez, no solo podían trabajar, sino también vivir en la escuela, en una residencia especialmente diseñada e integrada para ellos, lo que les permitió experimentar una vida moderna, mixta y comunitaria, con siete estudios y una cocina por planta conectados por un pasillo. ¿Puede haber algo mejor a los 20 años?

Desde primera hora se puede bajar al café bistró de la Bauhaus y desayunar. Para tensar ese arco entre ayer y mañana, Barbara Steiner recuerda a mujeres artistas que pasaron por aquí y cuyo prestigio no va en consonancia con la importancia de su obra: Lucia Moholy, Julia Feininger, Otti Berger, Léna Meyer Bergner o Gertrud Arndt, a quienes se evoca fácilmente durante las visitas guiadas que muestran los talleres, el auditorio, la cantina, el “puente” que conecta el edificio del alumnado y el administrativo. La simetría, el esquema cromático desarrollado por Hinnerk Scheper en su taller de pintura mural (azul, rojo y amarillo eran los colores de la Bauhaus, junto al gris y el blanco), las proporciones, la disposición del espacio (salas expositivas, tienda, despachos) abruman por su precisión y su concepción humanista.
Entre las turbulencias de la historia que resistió este edificio encontramos las malas artes de los nazis, que arrancaron las famosas letras con tipografía de Herbert Bayer para colocar su águila imperial e implantar una escuela para “enseñar” a las mujeres a cocinar y a coser, como en España pasó con la Sección Femenina. La historia recuerda a unos por lo que destruyeron y el arte recuerda a las personas por lo que crearon. A partir de 1976 se sucedieron remodelaciones y actualmente se presenta de manera impecable y fidedigna a como fue concebido.

Otras paradas
Más allá de dormir en la escuela, cualquier momento es bueno para conocer el Bauhaus Museum Dessau, inaugurado en septiembre de 2019 y a cargo del estudio catalán Addenda Architects, las pioneras Törten Houses de Hannes Meyer y el maravilloso restaurante Kornhaus, del arquitecto Carl Fieger. Aunque nada como las Casas de los Maestros proyectadas por Gropius en mitad del bosque, en las que, entre otros, vivieron el propio Gropius, MoholyNagy, Kandinsky y Paul Klee. La visita de esta colonia de artistas es altamente recomendable para entender la generosidad del arquitecto en cuanto a la concepción de la vivienda y que el arte debía de entrar en los hogares. Klee pintó aquí 2.000 cuadros y Kandinski, entre las numerosas visitas de Marcel Duchamp, Kurt Schwitters o Peggy Guggenheim, llegó a los 850.
Si la llegada a Dessau estuvo llena de emoción, la despedida es un drama. Aunque la Bauhaus nos enseñara a huir de la idealización y a unir el arte, la industria y lo artesanal, tras cerrar la puerta de la habitación a uno solo le queda llamar a casa y decir: “Mamá, quiero ser artista”.
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