Columna

Premios Ídolo: el mesmerizante brillo de la nada

Nada más edificante para un jueves noche que deleitarse con esa alfombra roja plagada de don nadies

La 'influencer' Dulceida posa para los medios a su llegada a la tercera edición de los Premios Ídolo, el 14 de marzo de 2024, en el Gran Teatro Príncipe Pío de Madrid.Kiko Huesca (EFE)

Me maravillan los Premios Ídolo. Ya era hora de que se reconociera a los narcisistas líderes de las aplicaciones móviles destinadas a obtener el Big Data de todos los cobardes que acudimos a contemplar mentiras cuando los problemas nos asedian.

Es hermoso ver a una manada de engreídos hablar de valores nunca especificados ni enumerados.

Es mesmerizante asistir al triunfo del intrusismo laboral del fitness (que antes se llamaba simple y llanamente de...

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Me maravillan los Premios Ídolo. Ya era hora de que se reconociera a los narcisistas líderes de las aplicaciones móviles destinadas a obtener el Big Data de todos los cobardes que acudimos a contemplar mentiras cuando los problemas nos asedian.

Es hermoso ver a una manada de engreídos hablar de valores nunca especificados ni enumerados.

Es mesmerizante asistir al triunfo del intrusismo laboral del fitness (que antes se llamaba simple y llanamente deporte) y de la belleza.

Nada más edificante para un jueves noche que deleitarse con esa interminable alfombra roja plagada de don nadies diciendo que lo suyo es un trabajo (que lo es; en la misma medida que meter un barco en una botella, hacer una pulsera de hilos u ordenar los libros por alturas y colores) y que aportan mucho a la sociedad.

La aportación: publicidad falsa, autoengaño, trastornos de la conducta alimentaria, crisis de autoimagen. Fotos en barcos alquilados, piscinas ajenas, restaurantes en los que nadie pagó ni comió nada. Ayunos intermitentes, retos que atentan contra la salud pública, bebés engendrados como medio para hacer más contenido.

Me asomo al photocall: anoréxicas y vigoréxicos posando sobre marcas de bollería industrial.

Sonríen y enseñan sus bocas llenas de carillas demasiado grandes para el hueco en el que van. Pienso en el diente sano, limado y ya deforme que aguanta debajo. “Todo lo que cubre un Chanel después qué es. Grasa, fluidos y piel”, cantaba Berlanga (Carlos). Pienso en la sinusitis, en los postoperatorios, en las espaldas curvadas, los hígados destrozados, en los labios y culos inyectados, los tabiques (nasales) ausentes, en las excusas sobre la tiroides y en el melanoma a la vuelta de la esquina. Pienso en el dinero de la puesta a punto mensual, la que separa el cuerpo de ídolo de la decrepitud súbita y prematura que aguarda a quienes sustituyen un cuerpo sano por un remedo de modas y complejos.

Pienso en los que no fueron invitados. Les vimos llorar y maldecir tras no ser reconocidos por su trabajo (el trabajo concreto de subir fotos de sí mismos) en el campo del lifestyle, que es como llaman los gilipollas al arte de aparentar lo que no se tiene. Y no me dan pena. No puedo sentir conmiseración por nadie que se defina como “creador de contenidos”.

En los Ídolo todo brilla, pero lo importante brilla solo por su ausencia. Vivan los Premios Ídolo. Viva el ringorrango de la nada más absoluta.

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