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Coordinado por Gonzalo Fanjul y Patricia Páez

André Ramos, de narco a líder de proyectos sociales en Río de Janeiro

La vida de este ex delincuente dio un giro inesperado gracias a un programa de reinserción. Ahora contribuye en la integración de otros que, como él, lograron salir del mundo de las drogas

André Ramos, integrador social, posa para una foto en Río de Janeiro.Bruno Itan
Río de Janeiro, Brasil -

Era una tarde dorada de enero de 2013 en favela Fallet, debajo del Cristo Redentor, en Río de Janeiro. Estaba a tope gestionando la relación con comunidades, empresas, gobierno, órganos consultivos de las Naciones Unidas. Me llamaron desde la portería de la asociación vecinal donde lanzábamos un proyecto. Un chico quería verme, era André Ramos (36 años). Sin dinero, había cogido cuatro autobuses y viajado cuatro horas para pedirme participar en el proyecto de empoderamiento de líderes. Ya no había plazas, pero el centellar de sus ojos, su tenacidad y su historia me inspiraron a hacerle hueco sin dudarlo.

Ramos siempre ha sido un líder, pero hoy encabeza proyectos de sostenibilidad: “Integro a ex-presos del sistema penitenciario en la sociedad, como hicieron conmigo. También soy taxista, guía turístico, pastor y padre de Luis”.

Como hacemos cuando colaboramos en proyectos, en mayo de 2022 hicimos esta entrevista, inmersos en el contexto local. Caminamos por Galinha, Baiana o Fazendinha, algunas de las decenas de favelas que componen el Complexo do Alemão, considerado el mayor supermercado de armas y drogas de América Latina, y hogar para más de 180 mil trabajadores.

La historia de Ramos representa la de muchas personas en Brasil. Nació en Santa Margarida (Provincia de Minas Gerais, al sudeste del país) y migró con su madre y siete hermanos a Río. “Buscábamos el sueño de una vida mejor en la ciudad grande, pero terminamos viviendo en sus calles. Vendíamos caramelos en los semáforos y a un narco le gustó cómo me manejaba. Entré para la Compañía [narcotráfico en la jerga local] y conseguí un techo para mi familia”, confiesa.

Al contrario del mensaje simplista de muchas películas estadounidenses, con el cual nuestros sistemas occidentales tienden a alinearse, los límites entre el bien y el mal son difusos. “Sentía confusión porque la sociedad demoniza a los narcos; mientras policiales, militares, políticos, colaboran con ellos. Además, la droga, ansiada por la sociedad, fue la que proveyó un techo a mi familia”, admite.

La desigual distribución de poder en la sociedad brasileña contribuye a que la criminalidad seduzca a muchos jóvenes. Pertenecer a ese mundo le permitió tener algo de poder sobre su vida y sobrevivir. “Antes de ser arrestado llegué a liderar una parte importante de la venta de drogas aquí en Alemão”. Su experiencia con el narcotráfico le hace pensar en, quizás, un día, escribir un libro, comenta ilusionado. “¿Qué harían los ricos —que también cometen delitos, por ejemplo, evadiendo los impuestos que me hubiesen permitido ir a la escuela— si sufrieran el olor, la fría humedad y la mierda de vivir en las violentas calles?”, reflexiona.

André Ramos, integrador social, posa para una foto en Río de Janeiro.Bruno Itan

Tras dos años en prisión, finalmente tuvo una oportunidad de reinserción social, como ayudante en la administración pública, lo que le destapó nuevas expectativas de vida. “Sentí esperanza. ¿Podría mi madre dormir tranquila y dejar de imaginar mi cuerpo llegando a casa en un ataúd? Mis compañeros no solían llegar al año de vida desde que entraban en la Compañía”, recuerda.

Aunque al final se puede decir que tuvo apoyo del Gobierno, son poquísimas las iniciativas de reinserción como en la que participó Ramos. El contraste es enorme si reflexionamos sobre la situación de las cárceles brasileñas: abarrotadas y mantenidas en condiciones infrahumanas. El trabajo que realizan las ONG o empresas a través de proyectos sociales podría ayudar, pero para Ramos “raramente funcionan”.

Si bien el proyecto de empoderamiento de líderes en el que participó en 2013 era financiado por empresas, administración pública y las Naciones Unidas, considera que no es suficiente: “Se necesita más dinero, tiempo y estabilidad política”, pero sobre todo hace falta que los actores puedan conocer las realidades desde adentro. “[En el proyecto] sentíamos que importábamos y que nuestra participación era de verdad deseada. Nos sentíamos seguros y esperanzados para abrirnos y contar nuestras historias de vida. Por ello, pudimos llegar a soluciones reales. Aquellas experiencias nos unieron, estoy en contacto con aquellos líderes (que participaron) hasta hoy”.

En 1969, Sherry Arnestein concluía en su artículo académico seminal Escalera de Participación Ciudadana que no existe impacto social sin verdadera participación, lo que a su vez requiere distribución de poder. El auténtico empoderamiento genera sensación de confianza y, consecuentemente, habilita una colaboración real que es imprescindible para una sostenibilidad más veraz. Proyectos sociales genuinamente participativos generan valores diferenciales para todos los participantes, incluyendo los grupos de interés inversores. Este es un valor único, ya que la sociedad, según el Havas Institute, no se cree en los proyectos de sostenibilidad de las empresas.

“Empresas, ONG y gobiernos dicen que nos empoderan. Pero es propaganda. Sus líderes vienen a hacerse la foto, no a conocernos ni a pensar soluciones. Lo sentimos inmediatamente en sus miradas, posturas, actitudes, temas de conversación, palabras… Dan vergüenza ajena. ¿Cómo vamos a creernos sus discursos de inclusión si no son mínimamente capaces de integrarse? Sabemos que buscan poder, dinero, promoción y sabemos que no les importamos. Pero sobrevivir implica relacionarnos con ellos”.

Líderes como Ramos son una referencia para los jóvenes, que son a su vez el alma del futuro. Por lo tanto, si queremos sociedades sostenibles, es fundamental empoderarles a través de una participación verdadera en los proyectos de sostenibilidad.

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