EE UU vs China: escenarios de la nueva guerra fría

Las dos superpotencias del siglo XXI avanzan en un pulso por la hegemonía cada vez más intenso y repleto de peligros

Pekín, Washington, Madrid, Bruselas, México - 25 jul 2020 - 22:30 UTC

Tres décadas después de la caída del muro de Berlín, las dos superpotencias del siglo XXI parecen lanzadas hacia una nueva guerra fría. Estados Unidos y China avanzan en una espiral de amenazas, sanciones y acusaciones de espionaje de consecuencias imprevisibles, para ellos mismos y para el resto del mundo. Desde la confrontación en los ámbitos comerciales y tecnológicos hasta la competición armamentística y la lucha por la influencia en los distintos continentes, los dos gigantes protagonizan un pulso por la hegemonía global repleto de peligros y de final incierto.

El duelo por la hegemonía global que tiene al mundo en vilo

MACARENA VIDAL LIY (PEKÍN) / AMANDA MARS (WASHINGTON)

Un régimen autoritario contra una democracia. Un enorme abanico de hostilidades en todos los ámbitos, geográficos o sectoriales. Espionaje, propaganda, músculo militar, símbolos. La historia, dicen, se repite; parece ser verdad. La Guerra Fría del siglo XX entre el Kremlin y la Casa Blanca amaga con volver en el siglo XXI, esta vez entre el antiguo vencedor, EE UU, y la nueva potencia en ascenso, China. En las últimas dos semanas, ambos han llevado al paroxismo un frenético baile de roces, choques, amenazas y sanciones, cierres de consulados, acusaciones de espionaje y vetos de viajes, en el que el paso de uno se ha visto respondido por el otro en una simetría tan perfecta como desasosegante. Un peligroso duelo a un ritmo cada vez más intenso, de duración y final aún impredecibles. Y que, sea a la hora de elegir tecnología 5G, decidir sistemas de defensa o votar resoluciones internacionales, amenaza con arrastrar —como en la primera Guerra Fría— al resto de países a uno u otro lado de la pista de baile.

Hay, sin embargo, una diferencia radical con respecto a la Guerra Fría que se desarrolló durante la segunda mitad del siglo XX. La antigua URSS nunca fue la potencia económica que es China, y los dos países entonces enfrentados no se encontraban tan interconectados financiera y productivamente como lo están ahora las dos mayores economías del mundo. “Para mí, eso significa que esta guerra va a durar al menos tanto como aquella o más incluso. Sé que no es una perspectiva muy bonita, pero es lo que veo”, señala Gary Hufbauer, experto del Instituto Peterson de Economía Internacional y, sobre todo, un veterano de la primera línea de fuego de aquel interminable pulso con Moscú. Hufbauer, alto cargo del Tesoro de EE UU a finales de los años setenta, considera que “como ocurrió en la Guerra Fría, ambos bandos van a buscar aliados para reforzarse, pero China tiene más habilidad para eso. Rusia atrajo aliados con la ocupación militar. Pekín no lo necesita, [el presidente chino] Xi [Jinping] está usando la economía para poner a otros países en su órbita”.

El calibre de las fricciones es tal que ya nadie minimiza su relevancia. Las relaciones “afrontan sus mayores problemas” desde que los dos países establecieron lazos diplomáticos plenos en 1979, ha reconocido recientemente el ministro de Exteriores chino, Wang Yi. “La relación con China está muy dañada”, ha declarado el presidente estadounidense, Donald Trump. El secretario de Estado de EE UU, Mike Pompeo, ha venido a declarar el fin de la política de acercamiento, al clamar que “el mundo libre debe triunfar contra esta tiranía”.

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Paradójicamente, este grave deterioro se produce apenas seis meses después de que los dos países firmaran el 16 de enero, con toda pompa y circunstancia en el salón Este de la Casa Blanca, entre aplausos y alharacas, el acuerdo que debía poner fin a todos los desacuerdos entre ellos, la primera fase de un pacto para poner fin a la guerra comercial que libraban desde 2018.

La pandemia de covid-19 ha hecho saltar ese proyecto por los aires, y ha sacado de nuevo a la luz las tensiones que la firma del acuerdo comercial había escondido debajo de la alfombra. Unas tensiones basadas en una enorme desconfianza mutua, de raíces históricas e ideológicas y que las recriminaciones en torno al origen y la gestión del virus han puesto de nuevo en el primer plano. La rivalidad, ha quedado claro, es sistémica y se extiende a todo tipo de áreas.

La competencia es por la influencia mundial —China, con su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda, Estados Unidos con el peso de sus 75 años como superpotencia—; por la innovación en áreas como la inteligencia artificial o los vehículos eléctricos; en la carrera espacial —ambos están lanzando misiones a Marte con días de diferencia— o en el armamento ultramoderno, sea termonuclear, convencional o cuántico. Ahora, también, por conseguir la vacuna que ayude a resolver la crisis más grave en lo que va de siglo.

La primera estrategia de Seguridad Nacional de la Administración de Trump, presentada en diciembre de 2017, señalaba a China y Rusia como rivales que amenazaban la prosperidad y los valores de Estados Unidos. “Después de haber sido desestimada como un fenómeno del siglo pasado, la competencia entre grandes poderes ha vuelto”, decía el documento, recuperando el lenguaje de la carrera entre superpotencias.

Las bases de este pulso que hoy parece al rojo vivo estaban, en resumen, ya negro sobre blanco en aquel diagnóstico del Gobierno de Trump cuando aún no había cumplido un año. La sintonía que al republicano le gustaba mostrar respecto a Xi, por desconcertante que resultara (llegó a alabar la reforma constitucional del líder chino para perpetuarse en el poder), nunca implicó zanjar conflictos. Ahora, ambos azuzan la guerra contra el otro y obtienen, en buena parte, réditos políticos en casa.

La lista de desencuentros, invectivas o represalias recíprocas ha aumentado sin tregua en los últimos meses. Restricciones mutuas de entradas a funcionarios en torno a Tíbet y Hong Kong, donde una nueva ley de Seguridad Nacional impuesta por China anula, según Estados Unidos, la amplia autonomía del enclave. Sanciones recíprocas por la situación de la minoría musulmana uigur en la región de Xinjiang, donde Washington —y numerosos expertos— denuncian terribles abusos de los derechos humanos. Previamente, cada uno también había expulsado a periodistas e impuesto límites a los visados de corresponsales del otro.

Ambos chocan en el mar del Sur de China, donde Pekín reclama la mayor parte de las aguas y Washington ha declarado ilegales las alegaciones de soberanía chinas. Cobra nueva vida el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (Quad) —el foro informal de defensa entre Japón, Australia, EE UU y la India en la región Asia-Pacífico— en medio de los roces fronterizos de China con sus vecinos. Discuten por su armamento nuclear: la Casa Blanca desea que China recorte su arsenal, mientras que el gigante asiático le replica que se sentará a negociarlo “si Estados Unidos está dispuesto a reducir [el suyo]” a su nivel. Washington y Taipéi se hacen guiños mutuamente, para irritación del Gobierno de Xi, que considera Taiwán parte inalienable del territorio chino y su interés primordial.

En el campo de la tecnología, desde hace más de un año se arrastra la disputa en torno a Huawei, el gigante chino del que EE UU sospecha que puede actuar como caballo de Troya en los terminales o las redes 5G occidentales; una disputa en la que Washington presiona a sus aliados para que rechacen las ofertas chinas y que en Pekín se percibe como un intento de neutralizar a un competidor que ha tomado la delantera. Solo el acuerdo comercial sigue de momento en marcha, aunque agarrado con alfileres y pese a que Trump ya ha declarado que no tiene ningún interés por avanzar a la fase dos del pacto.

China considera que su auge corrige injusticias históricas y devuelve al país al lugar que históricamente le corresponde. Desde hace ya tiempo —y desde luego, desde el comienzo de la guerra comercial— ha llegado también a la conclusión de que Estados Unidos es una potencia decadente que quiere impedir el ascenso de China en el escenario global para no perder sus ventajas. Es una convicción generalizada: tan ubicua entre los círculos de poder como en las charlas de los ciudadanos de a pie. Y Pekín responde —o se anticipa— con una asertividad creciente, que ha aumentado de manera notable durante la pandemia. Estados Unidos, por su parte, cree que Pekín amenaza sus intereses estratégicos y compite de manera injusta en el ámbito comercial.

A medida que se ha deteriorado la relación, también lo ha hecho la percepción mutua de las dos sociedades. Un estudio del Pew Research Center de abril señalaba que un 66% de los estadounidenses alberga una opinión desfavorable de China —la mayor proporción desde que empezó este sondeo, en 2005—, frente al 26% que la tiene positiva. A su vez, una encuesta de la Universidad Renmin de Pekín entre un centenar de académicos chinos apunta que el 62% de ellos cree que Estados Unidos quiere lanzar una guerra fría contra su país.

“Ahora mismo, el nuevo entendimiento es que las relaciones entre China y Estados Unidos no volverán a ser las mismas”, indicaba, citado por el periódico Global Times, Liu Weidong, uno de los encuestados y asociado a la Academia China de Ciencias Sociales, uno de los grandes laboratorios estatales de ideas.

Porque, ¿y si Trump pierde la reelección el 3 de noviembre? Los datos de Pew evidencian que los frentes entre ambos países van más allá de la agenda trumpista y Joe Biden, aspirante demócrata a la Casa Blanca, ha transmitido un mensaje duro contra el régimen de Xi.

Ciudadanos de Hong Kong se manifestaban el pasado septiembre con banderas de EE UU.
Ciudadanos de Hong Kong se manifestaban el pasado septiembre con banderas de EE UU.SOPA Images / SOPA Images/LightRocket via Gett

Hufbauer da por seguro que esta guerra fría seguirá con Biden en la presidencia. “La retórica y el énfasis será diferente posiblemente. Biden hablaría de comercio, pero seguramente hablaría más de Hong Kong, o de los uigures, de las condiciones laborales, medio ambiente… Cambiaría la conversación, pero la guerra comercial no desaparecerá”, opina. Biden, para empezar, ha presentado un programa económico que abraza parte del nacionalismo económico de Trump bajo el lema “compra productos americanos”.

Que los roces se hayan acrecentado se debe, al menos en parte, a motivos internos. Ninguno de los dos rivales atraviesa su mejor momento. Si Estados Unidos tiene ya la vista puesta en sus elecciones de noviembre, China ha conseguido dejar atrás lo peor de la pandemia, pero a un gran coste. No solo económico —en el primer semestre ha sufrido una contracción del 1,6%— , sino también de imagen: su asertiva política exterior y su gestión de la covid-19 ha despertado, o agravado, suspicacias en otros países, que endurecen a su vez sus posturas hacia el gigante asiático.

“Trump y Xi se encuentran en un dilema parecido”, opinaba Orville Schell, de Asia Society, en una reciente vídeoconferencia organizada por esta institución. “Ambos buscan, en cierto modo, exportar sus problemas echando la culpa a asuntos de fuera, o agitando problemas en el extranjero. Ambos utilizan mucho las vanaglorias de tipo nacionalista. Los dos son populistas hasta la médula. A ambos les aterra el desempleo, y la mayor parte de su legitimidad proviene de su capacidad de gestión económica. Hay muchas similitudes entre los dos, lo que explica quizá por qué a pesar de todo han conseguido mantener su amistad”, afirmaba Schell.

Una confrontación plena está lejos de las intenciones de ambos países. Tienen, al fin y al cabo, los dos ejércitos más potentes del mundo. Y sus economías, quieran o no, están fuertemente interconectadas. Un desacople sería “poco práctico”, aseguraba el ministro Wang este mes en un discurso ante académicos estadounidenses en el que intentaba un llamamiento a la calma.

Aunque el daño puede ya estar hecho. “La guerra comercial de los últimos dos años ha tenido poco impacto real en la economía china. Sí lo ha tenido, en cambio, en la psicología de la sociedad”, ha declarado Wang Wen, decano ejecutivo del Instituto de Estudios Financieros Chongyang, de la Universidad Renmin. “La imagen que solíamos tener de Estados Unidos —democracia, libertad, apertura, normas claras, palabras que probablemente nos vengan a la mente a la mayoría—, esa imagen positiva, ha desaparecido”.

Hace 11 años, en una entrevista publicada por Atlantic Council, preguntaron a Zbigniew Brzezinski, consejero de Seguridad Nacional con Jimmy Carter, qué lección había aprendido de la Guerra Fría. Pudo haber dicho “no precipitarse”: fue él quien en 1979 recibió una llamada de madrugada en la que le informaban de un ataque de misiles soviéticos que acabó siendo un error.

Pero lo que dijo fue: “La caída del telón de acero y los acontecimientos de esos años se manejaron con sofisticación y con una América involucrada trabajando estrechamente con los alemanes, los británicos y los franceses. Necesitamos socios serios, por eso defiendo tanto que haya una voz europea a la que escuchar, pero depende de los europeos modelarla. De momento no la tenemos, tenemos un vacío político en Europa”. Era 2009. Ahora Europa, aunque sigue con sus debates internos, es la que no encuentra interlocutor al otro lado del Atlántico.

La inmensa batalla cuyo desenlace marcará el futuro de la globalización

ALICIA GONZÁLEZ (MADRID)

La relación comercial es escenario de un titánico pulso entre las dos grandes potencias globales. La dimensión enorme de la batalla reside tanto en la envergadura de los intercambios sometidos a nuevos aranceles —un volumen de comercio que roza los 500.000 millones de dólares (430.000 millones de euros) anuales— como en las potenciales consecuencias en términos de cadenas de suministro globales. La tensión en este dominio ha sido muy intensa a lo largo de la presidencia de Donald Trump y la pandemia ha dejado en papel mojado la frágil tregua sellada entre ambos países en enero pasado. Ha puesto, además, en entredicho la fiabilidad de China como principal productor mundial de suministros médicos y equipamientos sanitarios y ha forzado a una revisión generalizada de las cadenas globales de suministro. El coronavirus, como coinciden buena parte de los expertos, no ha hecho sino acentuar las tendencias económicas, geopolíticas y sociales que ya venían gestándose con anterioridad. También en la pugna entre EE UU y China.

El pacto firmado el 15 de enero en la capital estadounidense por Trump y el viceprimer ministro chino, Liu He, obligaba a China a comprar 200.000 millones de dólares más en grano, cerdo, aviones, equipamiento industrial y otros productos estadounidenses. Era la coronación de un gran esfuerzo diplomático estadounidense, un elemento central en la ideología proteccionista que aupó al poder a Trump y es un factor clave para entender las relaciones actuales entre las dos potencias. Pero los nuevos protocolos derivados de la pandemia y la debilidad de la demanda interna y externa por la crisis económica desatada por el coronavirus hacen prácticamente imposible cumplir lo acordado. “China ha tomado medidas para poner en marcha algunos de los compromisos incluidos en la fase uno del acuerdo comercial, como la protección de la propiedad intelectual, pero la capacidad de cumplir las metas de compras se está desvaneciendo”, subraya el informe de primavera sobre China de Rhodium Group.

Terreno abonado para que Estados Unidos adopte nuevas medidas sancionadoras o sepulte definitivamente el acuerdo en los próximos meses. “Funcionarios de la Casa Blanca aseguran que las posibilidades de que Trump ponga fin al acuerdo son de un 51% frente a un 49%”, explica Ian Bremmer, presidente de la consultora Eurasia Group, en Nueva York. “Pero no quiere hacerlo demasiado pronto por el impacto que una reacción negativa de los mercados puede tener sobre el ciclo electoral”, advierte.

Trump y el vice primer ministro chino, Liu He, mostraban el acuerdo firmado, el pasado 15 de enero en la Casa Blanca.
Trump y el vice primer ministro chino, Liu He, mostraban el acuerdo firmado, el pasado 15 de enero en la Casa Blanca.Mark Wilson / Getty Images

Trump inició la guerra comercial contra China en marzo de 2018 imponiendo aranceles a las importaciones de acero y aluminio. Una medida que golpeaba de lleno a muchas empresas estadounidenses —desde embotelladoras de latas de refrescos a fabricantes aeronáuticos— y que desató una escalada entre las dos potencias. En total, EE UU ha impuesto aranceles sobre productos chinos por valor de 360.000 millones de dólares (sobre un total de 452.200 millones de dólares importados en 2019) y China ha sancionado el equivalente al total de productos que compra de EE UU, 110.000 millones de dólares.

Con eso, EE UU logró reducir su déficit comercial con China un 18% el año pasado y situarlo a niveles similares a los de 2016, pero el impacto de los aranceles ha golpeado con dureza a las empresas y consumidores del propio país.

Según un informe de la Reserva Federal de Nueva York, las compañías estadounidenses “han soportado prácticamente todos los costes” de los nuevos aranceles impuestos por la Administración, lo que ha reducido los beneficios y la inversión. Las represalias, decía el informe, les han obligado a cambiar sus cadenas de suministro, con el consiguiente incremento de costes. Tanto que, según los cálculos de la entidad, dos años de guerra comercial con China han reducido la capitalización de las empresas estadounidenses en 1,7 billones de dólares.

“Los grandes beneficiados de la escalada arancelaria han sido Vietnam (que vio aumentar sus exportaciones a EE UU un 35% o 17.500 millones de dólares), junto a Europa (31.200 millones) y México (11.600 millones)”, apuntan en una nota Yukon Huang y Jeremy Smith, de Carnegie Asia Program. Mientras tanto, “la industria estadounidense no ha logrado cubrir esa diferencia y el índice de producción industrial registró su primera caída anual desde 2015”, insisten.

Dominio geopolítico

En realidad, el enfrentamiento entre EE UU y China ha excedido desde el principio los contornos de la relación comercial, con la mira puesta en el dominio geopolítico. Aunque no se haya traducido en el boom de empleo y de la producción de la industria nacional que pregonaba Trump, lo cierto es que los aranceles y las limitaciones impuestas al comercio con compañías chinas, especialmente en el ámbito tecnológico, están obligando a las empresas no solo de EE UU, sino también de terceros países, a buscar proveedores alternativos para sus suministros. Por ejemplo, una encuesta de UBS entre empresas asiáticas apunta que un 85% de sus directivos tienen intención de mover parte de su capacidad fuera de China.

Esta tendencia, que ya existía, se ha agudizado con la covid-19 y la intención de muchos Gobiernos es repatriar la fabricación de productos de primera necesidad, sobre todo médicos y sanitarios, para reducir su dependencia de China ante una posible repetición de episodios de emergencia global. Un escenario que conlleva un claro repunte de las políticas proteccionistas y, con ello, un freno a la globalización, no solo de bienes, sino también –y como novedad– de los servicios.

“El centro de la presión de EE UU sobre su rival geopolítico ha pasado del comercio al acceso a los mercados de capital y la tecnología”, subrayan los economistas de UBP en un reciente informe de perspectivas.

De hecho, la Casa Blanca ha planteado al Congreso que estudie la posibilidad de prohibir que los fondos de pensiones públicos inviertan en activos chinos. Asimismo, ha creado un grupo de trabajo, encabezado por el secretario del Tesoro, Steve Mnuchin, y el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, para decidir si impiden que algunas compañías chinas coticen en Wall Street y, por tanto, no puedan captar la financiación que necesitan para sus negocios. El informe será presentado en agosto.

Así las cosas, no parece que el grado de enfrentamiento entre EE UU y China se vaya a reconducir en un futuro próximo. “En la Guerra Fría, EE UU podía permitirse imponer sanciones a Rusia porque sus vínculos económicos eran mínimos. Pero ese no es el caso con China”, explica Arthur Kloeber, de Gavekal Research, en una videoconferencia con clientes. “Washington tiene que evitar, por un lado, agravar la situación económica en un momento como el actual y no puede olvidar que China es el segundo mayor tenedor de deuda de EE UU, por detrás de Japón”. Pero como apunta en un informe Raoul Leering, de ING, “si el presidente Trump cree que China puede ser una cabeza de turco para la actual crisis y que eso puede impulsar sus posibilidades de reelección, la adopción de nuevas medidas proteccionistas es una clara opción”, zanja.

Los misiles chinos inquietan al Pentágono

CARLOS TORRALBA (MADRID)

El pasado octubre, en la conmemoración del 70º aniversario de la fundación de la República Popular, China sacó pecho con las últimas joyas de su industria armamentística. En Tiananmen se exhibieron por primera vez el DF-41 —capaz de alcanzar cualquier país desde su territorio y lanzar hasta 12 cabezas nucleares—, la última versión de los bombarderos estratégicos H-6N —con un rango de combate de más de 5.000 kilómetros— y el JL-2 —un misil balístico intercontinental de lanzamiento submarino—. Pekín mostró al mundo su tríada nuclear, su arsenal atómico listo para ser utilizado desde tierra, mar y aire.

En el ocaso de la Guerra Fría, el gasto militar chino representaba poco más del 1% mundial —menos que el de Italia o Kuwait—, según cálculos del Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (Sipri). Desde entonces, Pekín ha llevado a cabo un proceso de modernización de las Fuerzas Armadas que se ha acelerado bajo el mando de Xi, quien purgó los altos rangos de oficiales corruptos y desleales. Aunque aún lejos del de EE UU, el gasto militar chino ya equivale al menos al 14% del global. Y no deja de crecer, incluso en tiempos de pandemia. El primer ministro, Li Keqiang, anunció el mes pasado que la inversión en defensa se elevará un 6,6% el próximo año.

Militares chinos, el pasado 1 de octubre en Tiananmen durante el último ensayo del desfile.
Militares chinos, el pasado 1 de octubre en Tiananmen durante el último ensayo del desfile.Kevin Frayer / Getty Images

China ya no depende como antaño de las importaciones de material militar. Ha desarrollado una industria armamentística y naval de primer orden y cada año obtiene más réditos con las exportaciones. Pakistán —donde construye su segunda base en el extranjero, como revelan imágenes de satélite —, Bangladés y Myanmar son sus principales clientes. Los fabricantes chinos de armamento destacan en el ámbito de la inteligencia artificial y en la producción de drones y misiles.

Desde hace más de medio siglo, Washington y Moscú han estado limitados por una estructura de control armamentístico pactada por ambos. Y Pekín ha sabido sacar partido en las últimas décadas de las ataduras a las que estaban sometidas las otras dos superpotencias. El Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF, por sus siglas en inglés) prohibía a EE UU y a la URSS (luego a Rusia como su sucesora) almacenar, probar o desplegar misiles terrestres, convencionales o nucleares, de alcance intermedio (de entre 500 y 5.500 kilómetros). Durante los 32 años que duró el veto, Pekín desplegó al menos 2.000 de estos misiles, según cálculos de servicios de inteligencia occidentales.

Peldaño a peldaño, este sistema de seguridad del que, en cierta medida, se benefició el orden mundial, se ha ido desintegrando. El INF concluyó el año pasado, tras la notificación de la Casa Blanca, y en junio comenzaron en Viena las negociaciones para tratar de prorrogar el New Start —que expira en febrero y limita el número de cabezas nucleares desplegadas por EE UU y Rusia—, el último resquicio de la estructura de control pactada por Washington y Moscú. El mensaje de los negociadores de Trump en la capital austriaca ha sido claro: sin representantes de Pekín en la mesa, no hay nada de lo que hablar. Un diplomático chino aseguró a la agencia Reuters que estarían “encantados” de participar en una negociación trilateral con la condición sine qua non de que Rusia y EE UU reduzcan su arsenal nuclear —de unas 4.300 y 4.150 cabezas, respectivamente— hasta las cifras chinas —unas 300—. Las posibilidades de que Pekín acuerde someterse a un sistema de control armamentístico y desarme progresivo son prácticamente nulas.

Además de en el programa balístico, los avances más notables son los de la Armada china. En 1996, el Ejército Popular de Liberación realizó unos ensayos con unos proyectiles en aguas cercanas a Taiwán. El entonces presidente de EE UU, Bill Clinton, respondió a la amenaza a la isla autogobernada con el envío de dos portaviones a la zona, poniendo fin a la crisis. Menos de 25 años después, las tornas han cambiado. La flota de Pekín suma 335 barcos de guerra; la de EE UU, cincuenta menos, según un informe del Servicio de Investigación del Congreso (CRS, por sus siglas en inglés) presentado en mayo. En 2012, la Armada china botó su primer portaviones, el año pasado el segundo y para 2022 ya pretende tener cuatro operativos.

En general, el armamento y las capacidades del Ejército chino siguen estando lejos de las del estadounidense. Pero la brecha es exponencialmente menor que hace unas décadas, e inexistente ya en algunos ámbitos. Una de las visiones más pesimistas es la de Christian Brose, exdirector del Comité de las Fuerzas Armadas en el Senado. En su reciente libro, The Kill Chain: Defending America in the Future of High-Tech Warfare (La cadena de la muerte: Cómo defender a EE UU en la futura guerra de armamento ultratecnológico), asegura que en caso de conflicto en el Pacífico, los suyos tendrían todas las de perder. Brose dibuja un panorama en el que las bases de Guam, Japón y Corea del Sur se “inundarían” de proyectiles; los portaviones resultarían indefendibles cerca de las costas chinas y los F-35 —los cazas más sofisticados del mundo— estarían pronto fuera de juego porque los aviones cisterna necesarios para repostar habrían sido destruidos.

El portaviones chino 'Liaoning', en diciembre de 2016 durante unas maniobras en el Pacífico.
El portaviones chino 'Liaoning', en diciembre de 2016 durante unas maniobras en el Pacífico.STR / AFP via Getty Images

No todos en el Pentágono comparten las proyecciones de Brose, pero sí se reconoce sin tapujos que el desarrollo y despliegue de armamento antiaéreo y antibuque, y los deslumbrantes avances en misiles terrestres —balísticos y de crucero— colocan a las tropas estadounidenses en la región en una situación muy vulnerable. “China supone ahora un gran desafío a la capacidad de la Marina estadounidense de dominar y controlar las aguas del Pacífico occidental —el primer reto de semejante envergadura desde el fin de la Guerra Fría—”, se admite en el citado informe de mayo del CRS.

Para tratar de revertir la situación, altos rangos militares estadounidenses alertaron en marzo al Congreso de la urgencia de adoptar una nueva estrategia; y de la necesidad de invertir miles de millones de dólares en ella. Unidades de marines pequeñas, rápidas y móviles. Y cargadas con unos Tomahawk diseñados específicamente para este escenario. Pero para que estos comandos puedan ser efectivos, EE UU deberá —explicó el general David Berger en el Senado— desplegar un arsenal de misiles terrestres equiparable al implantado por China. Ante las intenciones de Trump, el gobernador de la prefectura japonesa de Okinawa ha reiterado que ninguna de las islas que administra albergará ese tipo de armamento nuclear que EE UU tuvo vetado durante más de tres décadas.

Mientras el Ejército estadounidense vagaba sin rumbo y desangrándose en las guerras de Afganistán e Irak, y el Pentágono se centraba más en las posibles amenazas de Moscú y el terrorismo yihadista, China se convirtió en una superpotencia capaz de plantarles cara en un conflicto a gran escala. “El futuro emboscó a EE UU”, sentencia Brose en su libro. Lo cierto es que hoy no bastaría con enviar dos portaviones para defender a aliados como Taiwán, Japón o Corea de Sur.

La carrera tecnológica que pueden perder los dos

BERNARDO MARÍN (MADRID)

Desde que los utensilios de hierro sustituyeron a los de bronce y estos a los de cobre la superioridad tecnológica ha marcado el auge y el ocaso de las civilizaciones. También decidirá la hegemonía mundial en el siglo XXI. Y ha generado un conflicto abierto entre China y EE UU que, por primera vez desde que los soviéticos lanzaron el Sputnik en 1957, siente que puede estar perdiendo la carrera de la innovación. A las puertas de la nueva revolución industrial del 5G, el enfrentamiento acerca la posibilidad de un retroceso en la interdependencia tecnológica entre ambos países, con enormes implicaciones en la economía y geopolítica global.

El último episodio de este pulso se vivió a mediados de julio con el anuncio por parte del Gobierno de Boris Johnson de que prohibirá el uso de la tecnología de Huawei en las redes 5G —la quinta generación de tecnología de comunicación inalámbrica— a partir de 2027. En la decisión, que suponía un giro en la anterior posición británica, pesaron las sanciones impuestas en mayo por EE UU para frenar la adquisición por parte de la compañía de microprocesadores o software de tecnología estadounidense, cruciales para su desarrollo. Una medida que Washington justifica con el argumento de que Huawei y otras empresas chinas están controladas por el Ejército Popular y son una amenaza para la seguridad nacional.

El veto a Huawei supondrá un retraso de al menos dos años en el 5G británico y requerirá una inversión extra de 3.000 millones de euros. Pero no serán los únicos costes de está arriesgada carrera. “Hay grandes dependencias que hacen que la competencia sea peligrosa para ambas partes. Las empresas de semiconductores de EE UU obtienen grandes ingresos del acceso al mercado de China, que utilizan para impulsar su I+D. Y China sigue dependiendo en gran medida de EE UU de semiconductores clave como los GPU y para software de sistemas operativos de los móviles”, explica Paul Triolo, jefe de Geotecnología de la consultora Eurasia Group.

Mike Pompeo y Boris Johnson, el pasado enero en Londres.
Mike Pompeo y Boris Johnson, el pasado enero en Londres.WPA Pool / Getty Images

“Si Washington intenta aislar a las tecnológicas chinas de los proveedores estadounidenses, esto las obligará a mejorar sus capacidades e intentar cerrar la brecha con sus rivales. Será un juego a largo plazo donde habrá muchos ganadores y perdedores entre las compañías involucradas”, cuenta Triolo. En última instancia se abre paso un escenario, cada vez menos improbable, de desacople tecnológico de ambos países, con la emergencia de dos bloques rivales que no compartan información ni infraestructuras.

Para Águeda Parra, ingeniera, sinóloga y doctora en Ciencias Políticas, el nuevo momento Sputnik que ha hecho reaccionar a EE UU ha sido darse cuenta del retraso que acumula en la carrera del 5G y del Internet de las cosas (IoT, por sus siglas en inglés), los dos aspectos que más van a cambiar los ecosistemas de la industria. “Por primera vez China va a participar en los estándares que van a generar una revolución industrial. Lo hace como actor protagonista, a dos años vista de su rival más cercano. Y además, con la experiencia del desarrollo comercial de esa tecnología en su país”, explica.

Pekín ya declaró abiertamente sus intenciones de convertirse en una superpotencia innovadora cuando en mayo de 2015 lanzó el plan estratégico Made in China 2025. La iniciativa, financiada con 300.000 millones de dólares, pretende convertir la gran fábrica de productos baratos del mundo en punta de lanza de la robótica o la biotecnología. Y despierta enormes recelos en Occidente porque consagra el control estatal de la economía que dificulta la competencia de las empresas extranjeras.

A Andrés Ortega, investigador del Real Instituto Elcano, no le gusta la denominación “guerra fría”. “Entonces había una competencia entre sistemas ideológicos que intentaban convencer a otros países. Ahora compiten por los mercados. El Gobierno chino no intenta exportar su sistema, ni tiene aliados”, explica. Lo que sí hay son dos modelos económicos que resuelven de forma distinta una cuestión crucial: la de la propiedad de los datos. “En China, el Estado patrocina el avance tecnológico y puede acceder a la información que las empresas tienen de los ciudadanos. En EE UU el dinamismo surge de las empresas privadas en cuyas manos están los datos, que han sabido monetizar con gran éxito”.

Ese acceso de las autoridades de Pekín a la información que manejan las empresas ha sido uno de los principales argumentos para poner bajo sospecha a las compañías chinas. Y los recelos no solo proceden de Estados Unidos. A finales de junio, la India prohibió 59 apps chinas, escudándose en su seguridad nacional. Entre ellas, TikTok, la plataforma de vídeos cortos que en 2019 se convirtió en la más descargada del mundo. Días después, Pompeo sugirió que EE UU podría también prohibirla y que solo deberían usarla “quienes quieran que sus datos acaben en manos del Partido Comunista Chino”.

La que en medio de esta lucha de titanes se encuentra en situación de clara desventaja es Europa. Entre las 20 empresas de Internet más grandes del mundo no hay ninguna con sede en el continente. Entre los 50 mayores unicornios (startups valoradas en más de 1.000 millones de dólares) tampoco hay ninguna radicada en la UE. China y EE UU copan también el ranking de superordenadores, aunque el mayor sea japonés.

El problema europeo no es solo económico, también de soberanía. “Hay una dependencia brutal de Europa de la tecnología estadounidense y china por una cuestión de falta de inversión. La Comisión está intentando invertir en inteligencia artificial más o menos lo que invierte Google por sí sola”, explica Ortega. “Hay iniciativas para recuperar esa soberanía, como el proyecto Gaia X [una nube europea], impulsada por Francia y Alemania. Pero hay dificultades, porque, a diferencia de EE UU o China, no es un solo Estado, ni siquiera un único mercado en términos de lengua y datos”.

EL PULSO POR LA INFLUENCIA EN DISTINTOS CONTINENTES

Europa se resiste a quedar atrapada de nuevo entre dos bloques

BERNARDO DE MIGUEL (BRUSELAS)

El riesgo de quedar atrapada en medio de una nueva guerra fría planea desde hace meses sobre Europa. Pero la escalofriante posibilidad tomó carta de naturaleza, al menos virtual, durante la videoconferencia de los ministros de Asuntos Exteriores de la UE el 15 de junio, en la que participó Pompeo. “Habló abiertamente de guerra fría”, rememora con preocupación un diplomático comunitario. “Nunca mencionó la palabra China, siempre habló del Partido Comunista de China, y nunca se refirió a Xi Jinping como presidente de un país, sino como secretario general de un partido político”, añade la misma fuente con evidente inquietud.

La cita dejó un regusto amargo entre los europeos, incluso entre los más atlantistas, al poner en evidencia que el choque entre Washington y Pekín puede experimentar una escalada que coloque a la UE entre dos fuegos comerciales y diplomáticos.

“Creo que la posición de Europa debe ser la de no participar en esta confrontación”, martillea desde hace semanas el vicepresidente de la Comisión Europea y Alto Representante de Política Exterior de la UE, Josep Borrell. El jefe de la diplomacia comunitaria está convencido de que “hay un intento de que Europa se posicione con unos o con otros”.

Creo que la posición de Europa debe ser la de no participar en esta confrontación
Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea

Pero los tirones de uno y otro lado son cada vez más fuertes. Y parece difícil que la UE, el mayor bloque económico por el número de socios y la mayor potencia comercial del mundo, pueda mantenerse al margen de una disputa que marcará desde el desarrollo tecnológico de las próximas décadas (con el despliegue de la tecnología 5G como primera batalla) hasta la aniquilación o transformación del orden multilateral surgido después de 1945, pasando por la carrera espacial o la coordinación frente a emergencias globales relacionadas con el clima o con la salud.

“Estamos en medio, si no nos movemos, las dos partes nos aplastarán”, advierte una fuente diplomática. Y recomienda, como única solución, “aumentar la soberanía estratégica en todos los terrenos”. “Europa tiene que encontrar su propio lugar entre EE UU y China, no podemos limitarnos a seguir la tendencia que impere en Washington en cada momento”, defiende un alto cargo de la UE. Alemania es el socio que más aboga por seguir una vía propia, pero la tolerancia del Gobierno de Angela Merkel con la dictadura comunista de Xi se encuentra cada vez más en entredicho. Y la intervención de Pekín para acabar con las protestas en Hong Kong mediante una nueva ley de seguridad que amenaza las libertades en la antigua colonia ha colocado a Berlín en una posición casi imposible de mantener.

Fuentes diplomáticas consideran que Alemania ya empezó a matizar su deferencia hacia China en 2019, cuando la Comisión Europea oficializó la expresión “rival sistémico” para describir a la segunda potencia económica del planeta, solo por detrás de EE UU.

Desde entonces, el tono de Bruselas se ha endurecido progresivamente sin que Berlín haya podido evitarlo. Y la crisis económica provocada por la covid-19 parece marcar un punto de no retorno en el enfriamiento del entusiasmo europeo con China, que alcanzó su punto álgido cuando Bruselas defendió a capa y espada el ingreso del gigante asiático en la Organización Mundial de Comercio en 2001 a pesar de tratarse de una economía claramente intervenida por el Estado.

La apertura europea también ha facilitado una creciente inversión china, que pasó de apenas 700 millones de euros en 2008 a batir el récord anual en 2016 con 37.000 millones.

La Comisión ha tomado ahora la senda contraria. Y prepara medidas de protección para frenar la entrada de las empresas chinas, en su mayoría dopadas con subsidios públicos, en sectores estratégicos de la Unión o para impedirles adquirir compañías europeas depreciadas por la crisis.

Merkel todavía espera calmar las aguas con una cumbre al máximo nivel entre la UE y China (prevista para septiembre, pero aplazada por la pandemia), aunque la tensión entre Washington y Pekín y la beligerancia de Xi hacen cada vez más difícil el entendimiento.

Bruselas ha acusado abiertamente a China de alentar campañas de desinformación que pueden haber agravado el impacto de la pandemia. Y observa con creciente disgusto las maniobras de Pekín para poner cuñas entre los socios comunitarios con sus planes de expansión, canalizados a través de préstamos e inversiones ligados a la Nueva Ruta de la Seda.

Mal que le pese, Europa se expone a ser uno de los escenarios de una nueva guerra fría, tres décadas después del final de la anterior. Aquella estalló un 1 de abril de 1948 , tras numerosas disputas sobre la ocupación de Alemania entre los países occidentales y la Unión Soviética, hasta hacía poco aliados en la Segunda Guerra Mundial, según recuerda el historiador Tony Judt en su imponente obra Postguerra. La de ahora nace de una inesperada reacción de EE UU contra una globalización desequilibrada y con competencia desleal. La historia juzgará. Pero como decía Judt, al final, “no tiene mucho sentido preguntarse: ¿quién empezó la Guerra Fría?”. Lo importante, quizá, será salir airoso del peligroso fuego cruzado.

Llenar el vacío en América Latina

FRANCESCO MANETTO (MÉXICO)

La historia reciente de América Latina es también el relato de la presencia de Estados Unidos en la región, su peso, incluso participación o tutelaje, en las decisiones políticas de varios países y sus intereses económicos. Las relaciones exteriores han sido para distintos Gobiernos latinoamericanos un reflejo de la administración interna. Y en esos equilibrios Washington ha desempeñado tradicionalmente el papel más decisivo. Sin embargo, las oportunidades de inversión que se dieron en una etapa de relativa estabilidad dejaron también, a partir de los primeros años del siglo, un vacío que colmar. Y China, que siempre se ha podido permitir jugar a largo plazo por la continuidad de las directrices de Pekín, decidió dar esa batalla.

Esa partida, como sucede en otras latitudes, es comercial y al mismo tiempo geopolítica. El desembarco del gigante asiático se ha producido hasta ahora de forma desigual. A veces con la complicidad de los gobernantes del antiguo eje bolivariano, de Venezuela a Ecuador, pasando por Bolivia. En otras ocasiones, en medio de los recelos de las autoridades locales o haciendo frente a barreras legales. Sin embargo, casi siempre ha logrado asentarse en el sector de las materias primas y en el de las infraestructuras. Hasta modificar, poco a poco, los esquemas de dependencia de la región.

Xi Jinping y Nicolás Maduro, en julio de 2014 en Caracas.
Xi Jinping y Nicolás Maduro, en julio de 2014 en Caracas.LEO RAMIREZ / AFP via Getty Images

“China tiene una estrategia bien formada. Busca conquistar una cabeza de playa y desde ahí expandirse”, apunta Sergio Guzmán, director de la consultora ColombiaRisk, recurriendo al término militar que define la línea temporal que se establece tras un desembarco para defender la zona hasta que llegan los refuerzos. Lo hace a menudo ofreciendo algo a cambio, sobre todo contratos de compra a gran escala de carne, soja, mariscos y otros productos. Y los requisitos habituales de los países, sobre todo en materia de derechos laborales y medio ambiente, pasan a un segundo plano. EL PAÍS fue testigo en 2017 de la agresividad de la explotación minera de una compañía china en la Amazonia ecuatoriana, que generó un duro conflicto entre el entonces presidente saliente, Rafael Correa, y un pueblo indígena de esa región que dejó de apoyar su proyecto político.

China tiene una estrategia bien formada. Busca conquistar una cabeza de playa y desde ahí expandirse
Sergio Guzmán, director de la consultora Colombia Risk

El caso de Colombia es especialmente representativo. A pesar de la prudencia que han mostrado sus últimos Gobiernos con Pekín, la licitación de una de sus obras más emblemáticas, el metro de Bogotá —cuya construcción comenzó a planearse hace más de setenta años y que siempre se quedó en intentos frustrados—, fue concedida hace meses a dos empresas chinas. “Estados Unidos puede quejarse de que les van a dar el metro, pero al mismo tiempo no presentó ningún inversionista. El quid del asunto es que China no es que haya abierto mercado, sino que ha aprovechado el vacío dejado por otros países”, continúa Guzmán.

Otro ejemplo se da en México. El presidente de ese país, Andrés Manuel López Obrador, y el estadounidense, Donald Trump, acaban de celebrar la puesta en marcha del tratado comercial de Norteamérica, el TMEC, que entró el vigor el pasado día 1. Está por ver, sin embargo, que ese instrumento baste para frenar en el futuro las inversiones directas de China, que hasta ahora han sido contenidas. Según el último informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), un organismo que depende de Naciones Unidas, los mayores inversores en la región fueron el año pasado Europa, Estados Unidos y China. El país asiático comenzó a perder el liderazgo de las operaciones en 2018 y, señala la comisión, “concentró su interés en la adquisición de empresas de industrias extractivas y de la agroindustria, la generación de energía y los servicios básicos [de electricidad, gas y agua]”.

La batalla por la influencia, no obstante, se libra a largo plazo y no solo en el terreno económico. Pekín, pese a su pragmatismo, no ha renunciado a apoyar a uno de sus principales aliados estratégicos en la región. Esto es, el régimen chavista de Venezuela encabezado por Nicolás Maduro, frontalmente enfrentado a la Administración de Trump. Ese respaldo le ha costado a China entre 50.000 y 60.000 millones de euros en préstamos durante la última década. Las arcas de Caracas, devastadas por la mala gestión y postradas por las sanciones, han ralentizado la devolución. Maduro aún le debe a Xi Jinping al menos una tercera parte. Pese a eso, el territorio con las mayores reservas petroleras del mundo representa probablemente la mayor oportunidad de inversión en la región. China no tiene prisa. Y justo ahí está una de sus cabezas de playa.

China está en África (y EE UU de paso)

ÓSCAR GUTIÉRREZ (MADRID)

Solo sumando los viajes a África de los últimos tres presidentes estadounidenses, George W. Bush, Barack Obama y Donald Trump, durante los últimos 20 años de Administración norteamericana, se puede igualar la nómina de visitas oficiales al continente del líder chino Xi Jinping (cuatro viajes) desde que accedió al poder en 2013. La cuenta en la columna de EE UU es muy fácil cuando se llega a la era Trump: suma cero. Ni se le espera. El último que pisó tierra africana fue Obama, en Etiopía, en 2015. Y no es que este presidente fuera un asiduo en el continente de sus raíces. Su antecesor, Bush, visitó incluso más países. El último viaje de Xi fue en julio de 2018. Sello arriba, sello abajo en el pasaporte, la voluntad política también pasa por eso de serlo y parecerlo, que en el caso de África se traduce en que China es y parece un país que está interesado. Los viajes oficiales son una declaración de intenciones de lo que ha venido después: un extraordinario crecimiento en el comercio, la inversión, cooperación e incluso presencia militar de China en África.

Pero lo de Xi es solo la punta del iceberg. La consultora Development Reimagined, con sede en Pekín, realizó en 2018 un estudio sobre los viajes de delegaciones chinas al continente. El resultado fue espectacular: 79 visitas a 43 países en 10 años (2007-2017). A la cabeza entre los destinos, Sudáfrica, principal receptor de inversiones directas chinas. Hannah Muthoni Ryder, al frente de la consultora, apunta que el interés es “mutuo”. “Durante el mismo periodo”, señala, “los líderes africanos han sido tan entusiastas, si no más, a la hora de comprometerse con los mandatarios chinos. Así que esto no solo va de China, sino también de África”.

Desde EE UU, la última visita de gran calado la realizó el secretario de Estado, Mike Pompeo, el pasado enero. Como señalaba en ese mismo mes el centro de análisis Consejo de Relaciones Exteriores, de Nueva York, la “retórica” de Washington en África tiene más que ver con “contrarrestar” la influencia de China que con una estrategia de desarrollo.

África concentra algunos de los países con un crecimiento más rápido; el ritmo de urbanización del continente no tiene parangón; la clase media y la democracia se consolidan a buen ritmo, y la necesidad de infraestructuras de transporte, pero también de comunicación, es acuciante. Es en este último escenario donde algunos analistas temen un nuevo campo de batalla. “China ha construido mucha infraestructura tecnológica en África y muchas de sus compañías han hecho grandes inversiones y lanzado con éxito productos a su mercado”, apunta Cornelia Tremann, de la consultora China Africa Advisory, “y Huawei y el 5G son un gran elemento de disputa. Pero, en general, EE UU mantiene una ventaja comparativa en el campo de la tecnología, innovación y gobernanza en Internet”.

Obama, durante un discurso en la sede de la Unión Africana en Adís Abeba (Etiopía) en julio de 2015.
Obama, durante un discurso en la sede de la Unión Africana en Adís Abeba (Etiopía) en julio de 2015.Anadolu Agency / Getty Images

El gran juego no solo es cosa de China y EE UU, también de los países del Golfo, Turquía, Corea del Sur... “África preferiría trabajar con cuantos más socios mejor”, señala Cobus van Staden, del Instituto Sudafricano de Asuntos Internacionales. “EE UU y China ofrecen gran fortaleza”, prosigue, “pero también debilidad: en el caso de EE UU, por su interés relativo en la inversión en infraestructura, centrado en la financiación de empresas más que de Gobiernos; en el caso de China, por la opacidad como prestamista, por no ofrecer otras formas de financiación o [imponer] normas que estipulan el trabajo con contratistas chinos”.

EE UU y China ofrecen gran fortaleza, pero también debilidad
Cobus van Staden, experto sudafricano

El pasado año, el intercambio comercial chino-africano creció un 2,2%, una cifra aparentemente buena, pero muy alejada del 20% de 2018. No obstante, y en plena guerra comercial con Washington, las exportaciones chinas, frenadas hacia EE UU, crecieron en el mercado africano un 7,9%. Las estadounidenses, valga la comparación, han caído desde 2014 un tercio, como señaló el pasado año Karen Dunn Kelley, vicesecretaria de Comercio norteamericana.

Pekín ha conquistado el mercado africano —es el primer socio comercial—; es el primer inversor en volumen de capital y creación de puestos de trabajo, y, sin duda, el mayor acreedor con cifras difíciles de fijar entre el sector público y privado, que rondan los 145.000 millones de dólares (unos 126.500 millones de euros). Pero China es también una potencia emergente en el escenario militar. Pekín aporta un 15% al presupuesto de operaciones de paz de la ONU. Hay 14 en marcha, siete de ellas en países africanos. Según datos de mayo, China contribuye a las 14 misiones con 2.538 policías y militares, la mayoría repartidos entre Congo, Malí, Darfur (Sudán) y Sudán del Sur. Washington solo con 29 soldados en total.

Pero el potencial militar estadounidense en el continente es aún difícil de batir, con 6.000 militares en casi una treintena de emplazamientos en misiones de entrenamiento y contra el terrorismo. La muerte de cuatro soldados en Níger en octubre de 2017 en una emboscada yihadista llevó a Trump a prometer el repliegue de tropas en África. Pero Rusia pisa fuerte con envío de mercenarios y armas y Pekín consolida su primera base militar en el extranjero en Yibuti.

Peligro de incendio en aguas asiáticas

MACARENA VIDAL LIY (PEKÍN)

Aguas tibias, de color turquesa, salpicadas de pequeños islotes solitarios y arrecifes coralinos. En las fotos aéreas, un paraíso tropical. Hasta que se mira más de cerca. Muchos de esos islotes arenosos son construcciones artificiales del Ejército chino. Además de los barcos de pesca, o los mercantes que cubren las rutas marítimas más transitadas del mundo, surcan sus aguas buques de guerra. Es el mar del Sur de China, uno de los puntos claves en el mapa mundial: el lugar de Asia donde chocan más directamente los intereses geoestratégicos de Washington y Pekín, y donde el deterioro de las relaciones entre ambos ha aumentado la probabilidad, según los expertos, de un hipotético choque accidental entre sus Ejércitos.

Son unas aguas estratégicas. No solo su suelo puede ser rico en gas y petróleo. Son también el paso natural del Índico hacia el norte de Asia, y por este cuello de botella surcan barcos comerciales que transportan productos por cinco billones de euros anuales. Y con un interés añadido para China: en ese mar tienen la base sus submarinos nucleares.

China reclama el 80% de este mar alegando razones históricas y un mapa de 1947 que engloba la mayoría de ese territorio acuático. Pero Vietnam, Filipinas, Brunéi, Malasia y Taiwán se atribuyen parte de esas aguas, y las disputas de soberanía han sido una fuente constante de tensiones.

La Corte Permanente de Arbitraje de La Haya rechazó en 2016 la gran mayoría de las reclamaciones chinas, lo que Pekín nunca ha aceptado. En cambio, se ha esforzado en crear realidades: ha construido una cadena de islas artificiales en las Spratly, que Filipinas considera suyas. Lleva a cabo frecuentes maniobras militares en la zona. Y ha creado dos distritos administrativos en las islas Spratly y las Paracel, que reclama Vietnam. Lo ha dejado claro: considera esas aguas uno de sus intereses clave y va a defenderlas.

Imagen de satélite de un islote artificial chino, cerca de las Paracel en octubre de 2015.
Imagen de satélite de un islote artificial chino, cerca de las Paracel en octubre de 2015.Gallo Images / Getty Images

Y no siempre con su Marina: sus flotillas de pesqueros y sus guardacostas hostigan a los barcos de los países vecinos, que en junio lanzaban una advertencia ante el peligro de que la tensión pueda “socavar la paz, la estabilidad y la seguridad de la región”.

EE UU no está dispuesto a dejarle vía libre, y patrulla de tanto en cuanto esas aguas. A los ojos de Washington, Pekín intenta crear una esfera de influencia exclusiva en Asia oriental en esas aguas y en el mar del Este de China, donde se disputa con Japón las islas Diaoyu/Senkaku. Para Pekín, los movimientos de Washington intentan contener a su país.

El deterioro de las relaciones ha acrecentado la tensión entre los dos ejércitos en la zona. En junio, EE UU condujo tres series de maniobras militares allí y en el mar de Filipinas. A comienzos de este mes volvía a enviar al mar del Sur dos portaaviones mientras China efectuaba ejercicios militares cerca de las islas Paracel.

Hasta ahora, EE UU afirmaba mantener la neutralidad en las disputas territoriales. Pero el 13 de julio se alineó con Hanói y Manila: “Las reclamaciones de Pekín sobre recursos en aguas no costeras a lo largo de la mayor parte del mar del Sur de China son completamente ilegales, como lo es su campaña de coerciones para controlarlos”, indicaba Pompeo. “El mundo no permitirá que Pekín trate el mar del Sur de China como su imperio marítimo”.

El anuncio ha escocido a los líderes chinos de modo especial: en junio, en una reunión en Hawái para tratar de reducir tensiones, el consejero de Estado chino, Yang Jiechi, había advertido a Pompeo contra cualquier presión. Y ahora llegaba esto.

La buena noticia es que ninguno de los dos países tiene especial interés en un enfrentamiento. “China cree que puede ganar el mar del Sur pacíficamente mediante una estrategia de desgaste a largo plazo, y Trump ha demostrado escaso apetito por una confrontación militar con China”, apunta la consultora Eurasia Group. La mala, que el aumento de la tensión en la zona eleva la posibilidad de un encontronazo accidental que pudiera desatar una crisis más grave.

Más allá del mar

Más allá de la disputa en el mar, Asia es un tablero clave para ambas potencias. China trata de reforzar sus alianzas con sus vecinos mediante proyectos como la Nueva Ruta de la Seda. Al norte tiene a Rusia, con cuyo líder, Vladímir Putin, Xi ha desarrollado una sintonía especial. Y a Corea del Norte, un país con el que está condenado a la convivencia, pese a los recelos mutuos.

Su este es otra cosa. Allí la influencia dominante es la estadounidense. Corea del Sur, Japón, Taiwán, Australia están alineados con Washington, que también guiña el ojo a la India después del grave enfrentamiento entre los ejércitos chino e indio en la cordillera del Himalaya el mes pasado. Entre medias, los países de la Asean (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, en sus siglas en inglés), que salvo excepciones como Laos y Camboya, alineados por completo con Pekín, prefieren evitar elegir: disfrutan de importantes lazos de seguridad con Washington, y de cuantiosas inversiones y unas relaciones económicas imprescindibles por parte de China.

De la diplomacia del ping-pong a la de las mascarillas

CECILIA BALLESTEROS (MADRID)

El deshielo entre EE UU y China comenzó en una parada de autobús en la ciudad japonesa de Nagoya, sede del campeonato mundial de ping-pong, el 4 de abril de 1971. Glenn Cowan, un joven jugador estadounidense de 19 años, con aspecto hippie, se subió al vehículo del equipo chino (por error o por curiosidad). Todos los pasajeros le miraron con recelo menos uno, Zhuang Zedong, que se puso a hablar con él gracias a un intérprete y le regaló un dibujo tradicional en seda. Al día siguiente, Cowan le correspondió con una camiseta con el símbolo de la paz y la frase Let it be, de la canción de Los Beatles. Las fotografías de los dos dieron la vuelta al mundo y Mao Zedong aprovechó la oportunidad. “Zhuang Zedong no es solo un gran jugador, también es un gran diplomático”, dijo el Gran Timonel que, a los pocos días, invitó al equipo estadounidense a visitar el país. “Me quedé tan sorprendido como halagado”, escribió Richard Nixon en sus memorias. “Nunca pensé que la iniciativa china viniera a través del ping-pong”, escribió el expresidente estadounidense.

El 10 de abril, 15 jugadores cruzaron un puente desde Hong Kong a China. Eran los primeros estadounidenses que cruzaban el telón de bambú (la barrera física e ideológica que separaba la República Popular del mundo occidental) desde 1949. En contrapartida, EE UU invitó a tenistas chinos a un tour por ocho ciudades. En julio, el secretario de Estado, Henry Kissinger, viajó en secreto al gigante asiático para establecer relaciones diplomáticas con el régimen comunista y cederle el asiento de Taiwán en el Consejo de Seguridad de la ONU. En febrero de 1972, Nixon se convirtió en el primer presidente estadounidense que pisaba suelo chino con el claro objetivo de aislar a los soviéticos. En su gira de ocho días, que él mismo denominó “la semana que cambió el mundo”, se entrevistó con el máximo dirigente chino y firmó el Tratado de Shanghái. “La pelota pequeña es la que mueve la pelota grande”, aseguró entonces un Mao ya enfermo.

Mao Zedong y Richard Nixon, en febrero de 1972 en Pekín.
Mao Zedong y Richard Nixon, en febrero de 1972 en Pekín.- / AFP via Getty Images

Las llegadas al poder de Donald Trump y de Xi Jinping han dado al traste con la vieja cortesía que ha sido reemplazada por la intimidación, una tendencia acrecentada con la pandemia de la covid-19. Ante las críticas estadounidenses por ser el origen del virus, Pekín contraatacó lanzando una ofensiva diplomática que al tiempo que ofrecía su ayuda a los países afectados se vendía como un modelo en la gestión de la crisis. Esta diplomacia de las mascarillas tiene como brazo ejecutor a los wolf warriors, los nuevos diplomáticos chinos cuyo nombre se inspira en las películas sobre un heroico comando de las fuerzas especiales, que, al estilo de Rambo, luchan contra mercenarios occidentales y que, en realidad, defienden el papel de Pekín en la pandemia y desafían en redes a quien ose cuestionar la versión oficial del régimen.

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