Un día en la vida de un país: San Sebastián-Cádiz en 16 horas

Viajar por las autopistas, autovías, carreteras nacionales, comarcales y vías de servicio, parando 12 veces para observar la fauna y la flora del asfalto español, no es el viaje más usual. Hacerlo permite palpar en bruto el pulso de la piel de toro.

Área de servicio La Loba 2000 en Nava del Rey (Valladolid). Eduardo Nave

España se mueve. Mucho. Y no precisamente al compás de Mozart. Más bien se diría que la banda sonora del runrún veraniego en el asfalto nacional sugiere un sudoroso reguetón. El directo salvaje de AC/DC en el estadio del River Plate. Siniestro Total en vena. Un rap o un trap de sonsonete “si te he visto, no me acuerdo”. Lo menos que puede decirse es que se le tenían ganas al verano. Cayeron las mascarillas, cayeron los miedos, llegó el far niente, llegó la extra y —como era de prever— estalló el corral y rodamos c...

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España se mueve. Mucho. Y no precisamente al compás de Mozart. Más bien se diría que la banda sonora del runrún veraniego en el asfalto nacional sugiere un sudoroso reguetón. El directo salvaje de AC/DC en el estadio del River Plate. Siniestro Total en vena. Un rap o un trap de sonsonete “si te he visto, no me acuerdo”. Lo menos que puede decirse es que se le tenían ganas al verano. Cayeron las mascarillas, cayeron los miedos, llegó el far niente, llegó la extra y —como era de prever— estalló el corral y rodamos como pollos sin cabeza. Así que la Dirección General de Tráfico (DGT) espera este año la bonita cifra de 93 millones de desplazamientos por carretera entre julio y agosto. Son unos cuantos, eh. Habrá quien viaje en pos de las noches sin mañana, otros lo harán en busca de un autolavado personal de cuerpo y mente, habrá hedonismo, habrá jaleo, habrá paz, habrá amor y habrá broncas, habrá placer, habrá accidentes y habrá muertes, pongamos cuidado.

El gran guateque celtibérico se prolongará hasta que los cuerpos y las almas regresen, resignados en unos casos, aliviados en otros, a la cadena de montaje. Para que la fiesta fuera total, quizá estaría bien que las comarcales y las nacionales tuvieran menos baches, los antros de carretera más higiene, algunos camareros más simpatía, algunos clientes más educación, algunas señales de tráfico mejor colocación, la gasolina y el diésel precios más bajos, que el gran secarral español se volviera verde y que todos nos volviéramos más pacientes. Y así la jauría se volvería ciudadanía. Para palpar todo eso y para tomar el pulso urgente a todo un país plagado de hechizos y contradicciones y de luces y sombras, hemos cruzado España en una travesía exprés de 17 horas. Un paseo. San Sebastián-Cádiz en un día. Con sus idas y venidas, alegrías y miserias. Bienvenidos a España por la vía de servicio.

Amanecer en el ‘Peine del Viento’, la gran obra de Eduardo Chillida, en San Sebastián. Eduardo Nave
6.15. San Sebastián. Peine del Viento.

El imaginario canto del gallo nos pilla en el Peine del Viento, el conjunto de granito, rocas, bronce oxidado y mar que el arquitecto Luis Peña Ganchegui y el escultor Eduardo Chillida plantaron hace 46 años aquí, rematando el costado oeste de la playa de Ondarreta. Amanece. Soledad cósmica, solo interrumpida por el tapatapa de las zapatillas de deporte de algún korrikalari madrugador. Un mercante gigantesco atraviesa la silueta de un sol naranja chillón que va asomando junto a la punta de Mompás. Nuestro querido fotógrafo se embelesa ante la apabullante belleza del momento y del escenario-en-el-marco-incomparable. Como este sea el ritmo, llegaremos a Cádiz en cosa de tres o cuatro días. Urge un café. Los txakolis de la víspera se dejan notar. En Ondarreta, Donostia, Euskadi, arranca, pues, esta travesía por España. Perdonen la expresión nacionalistas irredentos y otras especies susceptibles. En caso de duda, consultar el mapa político en vigor.

Iglesia del Santuario de Aránzazu, edificio de Sáenz de Oiza con obras de Oteiza, Chillida y Lucio Muñoz (Gipuzkoa). Eduardo Nave
8.20. Santuario de Nuestra Señora de Aránzazu, Oñati (Gipuzkoa).

Bruma, humedad y sirimiri coronan El nombre de la rosa de los franciscanos guipuzcoanos. Pero no aparece Guillermo de Baskerville encarnado en Sean Connery. De hecho, no aparece nadie. De hecho, estamos nosotros y las ovejas, y abajo, los barrancos de Aizkorri. Todo cerrado. “La taberna, hasta las nueve y media, nada”, informa solícito el recepcionista del Sindika, el hotelito de arriba. De repente, un ser humano en medio de la nada, un cura joven con prisa abriendo la puerta del centro espiritual y desapareciendo en su interior antes de que se le pueda preguntar nada; por ejemplo, a ver si es que Dios aún no se ha levantado hoy, aunque creemos que sí.

Los 12, perdón, los 14 apóstoles de piedra de Jorge Oteiza miran desde el friso que corona la puerta de acceso a la basílica. El genio cascarrabias de Oteiza esculpió 14 apóstoles -”y porque no me caben más, solía decir- más que nada por tocar las narices al personal, en concreto a la jerarquía eclesiástica de cuando entonces (o sea, primeros años cincuenta; o sea, franquismo puro y duro). El “no” inicial de la Comisión Diocesana de Arte Sacro a las esculturas y pinturas del nuevo santuario, el cuarto tras los incendios de 1553, 1622 y 1834, envió directamente las esculturas de Oteiza a dormir a una cuneta de la carretera, donde permanecieron arrumbadas desde 1954 hasta 1969, cuando el relativo cambio de sensibilidades dio lugar a la resurrección de los pobres apóstoles y su instalación definitiva en la fachada. Oteiza (apóstoles y Virgen de la fachada), Chillida (puertas), Sáenz de Oiza y Luis Laorga (edificio, construido en punta de diamante), Lucio Muñoz (pinturas del ábside), Néstor Basterretxea (decoración de la cripta), fray Javier María Álvarez de Eulate (vidrieras) y Xabier Egaña (pinturas del camarín de la Virgen) conforman la constelación de galácticos presente en el sobrecogedor conjunto artístico de Aránzazu.

El matrimonio británico formado por Cherry y Andrew Ritchie posan con su Jaguar 40 XK descapotable de 1954 en el área de servicio La Loba 2000, en Nava del Rey (Valladolid). Celebran sus bodas de oro con un gran viaje por España, Portugal e Italia. Eduardo Nave
10.30. Área de servicio La Pausa / Desfiladero, kilómetro 63,5 de la autopista AP-1. Ameyugo (Burgos).

Una empleada atiende la cola de 15 clientes de diversas nacionalidades. La espera para un cortado sin alma y un donut de chocolate revenido se hace eterna. Queda clara, ya de entrada, la falta de personal de hostelería de la que tanto se viene hablando de cara a este verano. No se sabe si es por carencia real de personal cualificado, como se viene diciendo por activa y por pasiva, o directamente porque el propietario prefiere contratar escaso personal cualificado en lugar de personal suficiente o incluso numeroso. Uno se teme que es por lo segundo.

De repente, una niña de unos dos años de pelo negro ensortijado embutida en un pijama amarillo y pantuflitas de casa corretea como un ratoncillo de campo por el local y ya está en la puerta a punto de saltar al aparcamiento, donde entran y salen coches sin parar. Detrás, a distancia, viene la madre despavorida dando gritos. Procedemos cuales superhéroes de andar por casa a la operación rescate de la criatura, que se llama Jahid y es adorable. La mamá nos da las gracias desde debajo del hiyab verde que le cubre la cabeza y el pecho. Son marroquíes, viven en Bélgica y viajan a Tánger en una furgoneta Volkswagen para visitar a la familia. Dos mil trescientos kilómetros les contemplan. Si les para la Guardia Civil, habrá bronca e incluso multa: llevan tan hasta arriba la furgo que la visibilidad por la luna trasera equivale a cero. ¡Arak qariban, Jahid!

El editor burgalés Juan José García, en los locales que albergan el Voynich Museum y el Museo del Cid. Eduardo Nave
11.30. Travesía del Mercado. Burgos.

Entre estruendo de charangas, pañuelos de las peñas en los balcones de la plaza Mayor con motivo de las fiestas de San Pedro y San Pablo y banderones de España proliferando como champiñones (qué manía, qué afición ha surgido de un tiempo a esta parte en este santo país, como se comprobará a lo largo de todo el viaje, a la exhibición agotadora de la enseña nacional en banderas, pulseras, adornos de coche, contenedores, balcones, mástiles de viviendas privadas, alpargatas, polos y se supone que hasta calzoncillos, aunque lo mismo puede decirse de las otras enseñas en Euskadi o Cataluña, qué cansancio), el editor burgalés Juan José García exhibe orgulloso sus nuevas criaturas: el Museo Voynich y el recién reabierto Museo del Cid. García y su socio Pablo Molinero son los fundadores y propietarios de Siloé, Arte y Bibliofilia, y los mayores especialistas en España en edición de facsímiles de libros antiguos. Su labor de investigación y su pericia técnica y artesanal, reflejadas en volúmenes de tirada reducida para coleccionistas que suelen costar entre 2.000 y 4.000 euros (Beato de Ginebra, Libro de horas de Luis de Laval, Cartulario de Valpuesta, etcétera), les han hecho merecedores ya de 18 premios del Ministerio de Cultura. Pero no solo se dedican a la edición.

En esta travesía del Mercado inauguraron en 2010 el Museo del Libro Fadrique de Basilea, dando forma a un viejo sueño: exponer sus propias obras, en las que suelen trabajar una media de 20 gremios diferentes. Uno de los museos más curiosos de España, por cierto: todo lo que en él estaba expuesto se podía comprar. Repetidos desacuerdos con el Ayuntamiento de Burgos y con la Junta de Castilla y León hicieron que, hace apenas un mes, trasladaran el Museo del Libro a la localidad burgalesa de Covarrubias. Pero ahora no solo han reabierto y mejorado el Museo del Cid, en un edificio estrecho de la propia travesía del Mercado, sino que han abierto otro: el Voynich Museum. En él se muestra con lujo de detalle la rocambolesca aventura del Manuscrito Voynich, un libro ilustrado de 240 páginas supuestamente editado en el siglo XV, lleno de contenidos misteriosos y escrito en un idioma aún sin descifrar, y cuyo original duerme en la Biblioteca ­Beinecke de la Universidad de Yale (EE UU). García y Molinero editaron en 2017 el facsímil del Voynich, del que tiraron 898 ejemplares que se agotaron en un suspiro.

14.30. Estación de servicio La Loba 2000. Kilómetro 169,6 de la autovía A-62. Nava del Rey (Valladolid).

Berlanga, el motel de Norman Bates en Psicosis, la familia Monster y los Ozores, Landa y Esteso de las pelis de los setenta se dan cita en este lugar irreal surgido de la nada. Una vez que se deja la rampa de acceso desde la autopista, el coche avanza por un hábitat viscoso hecho de toda la gama de basura y detritos varios que quepa imaginar. Botellas rotas, compresas, restos de comida, bolsas de plástico, latas, cagadas, meadas y un indescriptible olor a vaya usted a saber pueblan la explanada. Dentro, la franca antipatía del local y de sus tres pobladoras no mejoran la cosa.

- Hola, buenas. Un bocadillo de tortilla francesa y otro de tortilla de atún, una caña y una coca-cola zero, por favor.

- (Sin mirarnos) Piden en la ventanilla de ahí y me traen el tique. ¡Oye, Puri, ¿irás esta noche de fiesta?.

Procedemos, mientras contemplamos el paisaje. Es una barra redondeada con vitrinas que alojan tapas y montaditos que parecen elaborados en épocas remotas. Enfrente, una puerta de colorines con un cartel que reza “Luckia” y que da acceso —daba, al parecer— a un local de apuestas. Tan prestigiosa firma gallega de juegos de azar tiene presencia, sostiene la Wikipedia, además de en España, en Perú, Colombia, Chile, Portugal, Malta y Croacia. Hagan juego. En un ángulo superior está el televisor y debajo, solito, un microondas encima de una peana negra con patas. Váyase a saber. Al fondo de la sala hay un billar polvoriento. En el otro lado hay máquinas tragaperras —­más apuestas, esto parece el Las Vegas de Castilla y León— y, más allá, expositores con juguetes de hace mucho, pero mucho mucho. Y unas cuantas botellas de vino malo y bolsas de peladillas y chucherías diversas. Todo tiene un irremediable aire de mugre. El broche llega cuando, para entrar al retrete, surge un torno y un letrerito donde pone “50 céntimos”. Nos colamos, evidentemente.

Después de compartir el bocadillo con las simpáticas e innumerables moscas del lugar, salimos y nos encontramos con un matrimonio inglés, los Ritchie. Andrew y Cherry llevan 50 años casados, viven en Mombasa (Kenia) desde hace 19 y están celebrando sus bodas de oro con un viaje por Europa en su fabuloso Jaguar 40 XK descapotable de 1954, con el que posan orgullosos. Vienen de pasar unos días en San Sebastián, hoy dormirán en Ciudad Rodrigo (Salamanca), mañana en el parador de Gredos (Ávila) y pasado en Lisboa. Después darán la vuelta rumbo a Italia, y en Verona se pegarán un homenaje como colofón. Ahí los tenemos, comiendo un bocadillo sentados en un trozo de hierba junto al aparcamiento, y espantados con lo que Cherry califica de “pesadilla de suciedad” cuando habla de las áreas de servicio en las que ha parado, y de esta en concreto. “¿Es que el presidente de este Gobierno no hace nada contra la basura?”, pregunta. Se ríe cuando se le contesta que la culpa de la guarrería la tienen los guarros, y no tanto quienes les gobiernan, sea cual sea el color político de turno. España, en general, está sucia, y eso no depende de las urnas, sino de lo que se les cuenta en casa a los churumbeles. La porquería asfixiante de La Loba 2000 de Nava del Rey será una de las imágenes que estos ingleses encantadores se llevarán de este país. Lástima.

Un toro de Osborne se refleja en la carrocería del coche. Afueras de Salamanca. Eduardo Nave
17.00. Afueras de Salamanca. Autovía de la Plata.

El viajero contempla de lejos las torres de la catedral Nueva de Salamanca cuando, de pronto, le pilla el toro. El toro de Osborne. Detectado el camino de tierra que puede conducir hasta la mole negra de chapa metálica Con cuernos, el coche sale de la autovía y emboca la pista. El bicharraco está dentro de un terreno con las puertas abiertas y un cartel de “Prohibido el paso a toda persona ajena a esta finca”. Ya estamos dentro. Y ahí está el morlaco, expectante, uno de entre los 92 que salpican la geografía española…, además de otro en Japón y varios en México. Aunque llegó a haber más de 200. Visto a un palmo, resulta enorme (14 metros de altura), y al tocar el metal del que está hecho, este del campo de Salamanca hierve bajo al sol.

La valla publicitaria más famosa de España fue parida en 1956 por el diseñador gaditano Manolo Prieto por encargo de la marca Osborne, que quería pasear por todo el país su brandi Veterano. Y vaya si lo paseó. El primer ejemplar fue plantado en 1957 en la localidad madrileña de Cabanillas de la Sierra, era de madera y solo medía cuatro metros. Pero el toro más popular del mundo tuvo una vida azarosa: solo una sentencia del Tribunal Supremo de 1997 logró indultarlo “por formar ya parte del paisaje español”, después de que el reglamento de carreteras promulgado por el gobierno socialista de 1988 lo hubiera condenado a la desaparición. En 2005 fue declarado patrimonio cultural y artístico de los pueblos de España. Su autor, que durante la Guerra Civil había firmado carteles para el bando republicano y que militó en el Partido Comunista, aunque nunca dejó de trabajar con éxito durante el franquismo, siempre lamentó que el toro de Osborne tapara todo el resto de su vasta obra.

En esta travesía exprés vimos cosa de 10 o 12 toros. La carretera española no sería la misma sin ellos, aunque, evidentemente, despiertan por igual pasiones y odios. Como el propio mundo del toro bravo y de las corridas, asunto este que divide a todo un país y cuyo futuro está por ver.

Iordan, un camionero búlgaro que hace la ruta Plovdiv-Algeciras (en total lleva 4.300 kilómetros), en el área de servicio El Gallo, en Casar de Cáceres. Eduardo Nave
18.40. Área de servicio El Gallo. Autovía de la Plata, kilómetro 539. Casar de Cáceres.

La entrada al bar-restaurante da a un zaguán con un billar de agujeros, puertas que dan acceso a sucesivas duchas y un aparatoso friso de sillas de madera y cabezas de ciervo colgadas en lo alto (las sillas y las cabezas: más Norman Bates). Bien a gusto caería una partidita de billar para jugarse la cena (ah, pero ¿cenaremos?). No hay tiempo. Espera la reanudación de la travesía celtibérica. Un cafelito y a seguir. No sin antes departir con Iordan. Iordan es un camionero búlgaro que viene de Plovdiv y va a Algeciras. Nos comunicamos con un cuaderno y un bolígrafo. “No espainol, no espainol”. No es necesario decir que nosotros no búlgaro. Así que no logramos saber qué mercancía transporta. Nos escribe “4.300″ cuando le preguntamos con gestos cuántos kilómetros hará. Bulgaria-Serbia-Croacia-Italia-Francia-España. Más los de vuelta. Iordan está sentado en una silla plegable de playa, junto al camionazo de la compañía Petko Angelov Ltd., friendo unos pimientos morrones en un campingás. Se ríe todo el rato mientras el fotógrafo inmortaliza la escena. Hasta que deja de reírse y, juntando la punta de los cinco dedos delante de la boca, nos hace saber a las claras que ya, que tiene hambre y que tiene que cenar. ¡Priyatno pŭtuvane, Iordan, buena ruta!

De izquierda a derecha, Paqui, Marisol y Marisol, de la agrupación folclórica San Juan Bautista, de Madrigalejo (Cáceres), posando junto al Teatro Romano de Mérida. Eduardo Nave
19.20. Mérida.

Calor, gente y sudor, y cero sitio para aparcar. Vueltas y más vueltas por la bella Emerita Augusta, la vieja capital de la Lusitania romana fundada por Publio Carisio en el 25 a. C. Aquí el peso de la historia retumba en cada calle y en cada plaza y blablablá, pero, tras atravesar sucesivas rotondas, no se puede aparcar. Nos vamos. ¡Pero stop! Por la calle elegida para salir de la ciudad vienen como 200 mujeres y niños ataviados con trajes regionales de mil colorines. Llevan estandartes y lucen orgullosos y encantados. Van al Teatro Romano, sede del Festival de Teatro de Mérida, para actuar en un certamen de folclore. La agrupación San Juan Bautista viene de la localidad cacereña de Madrigalejo (”¡No te olvides de poner que allí murió Fernando el Católico!”, grita Paqui, una de sus integrantes: dicho queda) y la agrupación La Espiga viene de Villar de Rena (Badajoz), dicho queda también. Y ahora sí: ¡Vale, Emerita Augusta!

Las últimas luces del día se reflejan en el retrovisor al paso del coche por el límite entre Badajoz y Sevilla. Eduardo Nave
21.15. Entre Fuente de Cantos y Monesterio (Badajoz).

El coche avanza por entre olivares y viñedos y entra en el término municipal de Fuente de Cantos, el pueblo natal del inmenso Zurbarán (hay casa-museo). Un kilómetro antes de la entrada del municipio pacense, un paisaje como espacial irrumpe de la nada. Inmensas placas negras y brillantes apuntan al cielo en grupos desordenados. Sugieren algo parecido a gigantescos ordenadores tratando de enviar no se sabe qué señales al cielo…, pero es un inmenso parque fotovoltaico. El fotógrafo grita: “¡Da la vuelta, da la vuelta!”, y una vez ahí aparcados se pierde embriagado por la perspectiva. Y es cierto, el paisaje impacta. Al volver a pasar por el pueblo, cuadrillas de hombres y mujeres charlan en las terrazas bajo el tibio sol que se resiste a irse a la cama.

Un poco más adelante, ya cerca de Monesterio (seguimos en Badajoz), en medio de una recta larguísima, de nuevo la alerta del copiloto: “¡Para, para!”. Un coche se incendia a escasos metros en el arcén. El viajero, un señor de unos 70 años con el gesto apesadumbrado, comenta que ya ha avisado a los bomberos. “Ha empezado a salir humo negro, he parado y en pocos segundos, mira…, qué desastre, y cuidado no acercarse porque puede explotar, están saltando ya unos chispazos que para qué”.

Playa de La Caleta (Cádiz). Eduardo Nave
23.35. Cádiz.

La anárquica aunque agradecible costumbre de dar de comer al hambriento y de beber al sediento aunque hayan dado las mil y monas encuentra en Andalucía su máxima expresión. Así que, tras dejar a nuestro amigo azul metalizado en el aparcamiento de Canalejas, delante del puerto, y después de 17 horas al volante, los viajeros están a las 23.45 en una terraza del barrio del Pópulo zampando jamón y chocos rebozados y trasegando cervezas. Cádiz es extraordinaria, así, a secas. Las casas son preciosas, la gente es graciosa —­algunos puede que hasta demasiado—, hay playas por todos lados, Camarón de la Isla era de ahí al lado y, por si fuera poco, tienen los carnavales.

A la una de la madrugada, en la playa de la Caleta conviven el rumor de las olas frente al castillo de San Sebastián y los canturreos de unos quinceañeros sentados en la arena. Se rozan, se vacilan, se miran, se ríen, luego se levantan y cambian de lugar. Se sientan en los bancos encalados junto a la Puerta de la Caleta, frente a la vieja peña flamenca Juan Villar. Sigue la juerga. Una vez tomadas las últimas fotos del día, Juan, el taxista, presidente de los asalariados del taxi gaditano, nos devuelve al hotel. No sin antes contar su abierto cabreo con el alcalde de Cádiz, José María González Santos, Kichi, a quien pone verde por su insistencia en peatonalizar el centro de la ciudad. “Soy de izquierdas de toda la vida, pero ese tío es un neonazi y el otro día se lo dije por teléfono, porque hace en Cái lo que le da la gana”, suelta Juan, toma ya con la guasa gaditana en su versión agria.

Acaba el viaje.

España exprés en un día es posible, una experiencia agotadora, enriquecedora y divertida, parando aquí y allá, tomando el pulso a la vida de un país y sus gentes, certificando los contrastes entre el norte y el sur, lamentando sus desastres, gozando de sus alegrías, país de países, mapa donde hierven mil sociologías, el viejo crisol de culturas que siempre fue. Spain, definitivamente, is different. Un país diferente. Qué país…

Manuel lleva 40 años trabajando como camarero en el mismo restaurante: Casa Robles, un clásico de Sevilla. Eduardo Nave
14.00 del día siguiente. Sevilla.

La despedida será en Sevilla y con una copa de palo cortado en los labios. A las dos de la tarde, las calesas, sus caballos y sus caballistas descansan a la sombra de los árboles en espera del ansiado turista. Hay un mundo multicolor en la plaza del Triunfo, en Santa Marta y en Mateos Gago, corren el fino y la cerveza, y Pascual, el divertido camarero de Casa Robles, toda una institución sevillana desde 1954, nos cuenta que en esta misma mesa en la que despedimos la travesía cenaron el otro día los Red Hot Chili Peppers tras su concierto en La Cartuja. “Ozú, a punto estuvimos de despacharlos, ni sabíamos quiénes eran, y con las pintas que llevaban, pues claro…”, reconoce José María, el encargado. Pero quien posa para el fotógrafo delante del gran botellero es Manuel, otro camarero de la casa. Trabaja aquí desde hace… 40 años. Toda una vida. Fin de viaje.



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