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Análisis
Columna
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Bailando con un elefante

Quienes esperaban un discurso solemne articulado para explicar las razones de Estado de la amnistía se quedarán con las ganas

Pedro Sánchez, durante su discurso de investidura en el Congreso.
Pedro Sánchez, durante su discurso de investidura en el Congreso.Claudio Alvarez

Toda política es moral, dice el clásico experto en comunicación política George Lakoff. Y a juzgar por la intervención inicial de Sánchez debe ser este, y no Maquiavelo, su autor de cabecera estos días. El candidato a la investidura se esforzó durante una hora y media en articular un discurso que describía un mundo donde se libra una batalla de visiones morales contrapuestas. La democracia está siendo amenazada a nivel planetario y frente a las fuerzas reaccionarias es imperativo levantar un muro de contención. Ese muro deberá armarse con políticas progresistas que atiendan al reclamo de seguridad ciudadana ante los retos globales. Esa es la épica que trajo el presidente este miércoles al Congreso, la columna vertebral que preparó todo el marco para el bloque de la “agenda del reencuentro”, uno más dentro de otros tantos, donde iba configurando a su vez un trasfondo de reivindicación europeísta y socialdemócrata.

Sin nombrarlo, el elefante en la habitación estaba ahí: la amnistía fue una medida más incorporada dentro de la llamada “agenda del reencuentro” consistente básicamente en el diálogo, la reconciliación, la concordia y… el perdón. Quienes esperaban un discurso solemne articulado para explicar las razones de Estado de la amnistía se quedarán con las ganas. Probablemente, saldrán a lo largo de la investidura en un debate que se espera bronco. En el hemiciclo se respiraba esa furia contenida en la bancada de las derechas. A veces Sánchez, desde su acostumbrada levedad, paraba y sonreía. Y así, con una tranquilidad pasmosa, continuaba dibujando su marco discursivo: esta es una elección para España y Europa: reacción o progreso. Sacaba así su as de la manga: situar la mismísima amnistía dentro de ese marco. Frente a la crisis constitucional que generó la derecha en 2017, “la mayor crisis de nuestra democracia”, el Gobierno de coalición propone diálogo y perdón. “¿Qué Cataluña prefieren los ciudadanos, la de 2017 o la de 2023?”, añadió. Era el broche de oro de un discurso pensado para colocar el elefante dentro del contexto social español con ese fondo internacional de avance ultra.

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El discurso de Sánchez ha resultado eficaz. Incluso nuestra vida democrática puede agradecer en estos momentos cierta ingravidez. Pero ahondar en la política moral a la larga puede polarizar más. La moralización pasa a través de esta idea de misión con un conjunto de políticas sociales —más la amnistía— erigidas sobre firmes creencias. Pero si todo se reduce a una guerra entre el bien y el mal, no queda otra que tomar partido. Y con ello le damos la razón, de nuevo a Lakoff: el centro no existe. Tal vez el propósito de Sánchez sea cerrar un bloque de investidura que homogeneiza al identificarlo con los mismos intereses: ese nebuloso objetivo de luchar contra las fuerzas reaccionarias para derrotarlas. Pero además de poder contribuir a la polarización, argumentar en términos de visiones del mundo contrapuestas que van “más allá de las ideologías” puede suponer que a la postre los problemas políticos se presenten sin más opciones, anulando moralmente a los adversarios. Cuidado, porque en lugar de instalar de manera natural la convivencia, lo que nos podemos acabar encontrando sea un puro maniqueísmo entre burbujas morales contrapuestas.

A Sánchez le ha faltado un punto más de sinceridad, de convicción: todo esto no va solo de frenar a los reaccionarios, por mucho que ese sea el discurso que quiere escuchar Europa. Hay amnistía porque el PSOE necesita un puñado de votos. Hay amnistía porque es el precio de poner sobre la mesa una batería de medidas progresistas. Igual el futuro presidente del Gobierno debería sacarse de la chistera esa ráfaga de franqueza en lugar de bailar con Lakoff desde la tribuna del Congreso.

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