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Columna
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Lampedusa, capital de Europa

La falta de acuerdo para llegar a un pacto migratorio europeo da la razón al politólogo Ivan Krastev, quien advirtió que la crisis de los refugiados del 2015 constituyó el 11-S de Europa

Ilustración Bascuñán 17.09.23
Del Hambre

Suplantar la realidad para adaptarla a sus intereses es la especialidad de los demagogos como Giorgia Meloni. Pero no siempre podemos desembarazarnos de la realidad: ni los ciudadanos somos completamente manipulables, ni la mentira tiene aún tanta fuerza como para suplantar los hechos. Quizá piense en eso Meloni, quien convirtió la migración en la punta de lanza de la defensa nacionalista de los intereses italianos en Europa. Ahora se da de bruces contra la realidad. Resolver de una vez por todas la cuestión migratoria, como prometió il presidente al asumir el cargo proponiendo, entre otras cosas, limitar la ayuda de las ONG que ahora tanto necesita, se le resiste hasta el punto de que Lampedusa es hoy el epicentro de nuestra perenne crisis migratoria. La pequeña isla italiana de apenas 7.000 habitantes acogía esta semana a más de 10.000 personas procedentes del África subsahariana vía Túnez. Alemania y Francia se apresuraron a advertir que limitarán la entrada de los migrantes que transitan por Italia.

La falta de acuerdo para llegar a un pacto migratorio europeo da la razón al politólogo Ivan Krastev, quien advirtió en su libro Europa después de Europa que la crisis de los refugiados del 2015 constituyó el 11-S de Europa. Fue ahí cuando cambiamos voluntariosamente nuestro imaginario. Desde entonces, la apertura hacia el mundo dejó de ser sinónimo de libertad y pasó a identificarse con la inseguridad. Los europeos dejamos de pensar en cómo contribuir a la transformación del mundo y exportar nuestro modelo democrático para ensimismarnos temerosos de perder nuestra riqueza bajo el eufemismo de la identidad. Krastev añadía que muchos nos alegraríamos de resucitar a Gadafi porque él, al menos, impedía que los migrantes llegaran a nuestras costas.

Hoy nos conformamos con apoyar a nuestros aprendices de autócratas, porque lo cierto es que, tras las últimas elecciones europeas, desde Italia a los países escandinavos, pasando por Alemania y Francia, la extrema derecha y su retórica no han dejado de crecer. Europa ya no es un continente abierto al mundo sino una plaza fortificada que exacerba a sabiendas el identitarismo nacionalista. Con Lampedusa en ebullición, Meloni y Orbán se fotografiaban sonrientes en Budapest, capital oficiosa de nuestra extrema derecha, en una infame cumbre demográfica que parecía la Conferencia de Wannsee. Meloni dijo que “defender a la humanidad (…) es defender a las familias, defender a las naciones, defender la identidad, defender a Dios y todo lo que ha construido nuestra civilización”. La extrema derecha prepara su ofensiva europea, pero lo más preocupante es algo que también anticipaba Krastev: nuestro 11-S desdibujó la oposición tradicional entre izquierda y derecha en ese tema, socavando los cimientos del consenso liberal. Todos los gobiernos, con independencia de su color ideológico, han endurecido su política o su retórica antimigración. En España, ser frontera nos obliga a pensar nuestra responsabilidad en todo esto, también como regentes de la presidencia de la Unión, última efectiva de la legislatura europea. ¿Acaso es progresista nuestra política migratoria? Si la marea conservadora cambia el equilibrio de fuerzas en Europa, habremos desaprovechado una oportunidad para preguntárnoslo.

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