La ambigüedad del consentimiento y el deseo femenino. Un testimonio personal

‘Ideas’ adelanta un extracto del nuevo ensayo de Maggie Nelson, ‘Sobre la libertad’. En el texto, basándose en su propia experiencia, confiesa que vivencias que había sentido como consensuadas estuvieron en realidad salpicadas de coacción

Monica Lewinsky en el estreno de la serie 'Impeachment: American Crime Story', en West Hollywood, California, el 1 de septiembre de 2021.
Monica Lewinsky en el estreno de la serie 'Impeachment: American Crime Story', en West Hollywood, California, el 1 de septiembre de 2021.Rich Fury (WireImage,,)

Quiero hablar un poco sobre el tiempo, la memoria, el sexo y la libertad; si pudiera (que sé que no puedo, al menos no del todo), me gustaría hablar de todo eso lejos de la imago misógina de la acusadora-arpía que supuestamente consiente (o al menos accede) en tener sexo por la noche y a la mañana siguiente (o diez años después) presenta cargos, y también lejos de la delicada cuestión de cómo, cuándo y de quién se puede uno fiar al rememorar los encuentros sexuales. Quiero hablar sobre el tiempo y el sexo y la memoria y la libertad porque me parece interesante que, probablemente porque el sexo puede tener la virtud de fijarnos en el momento presente, ofreciéndonos un escape momentáneo de las implacables garras de la creación de significado, a menudo es solo en retrospectiva como podemos aprehender las diversas fuerzas que originan una situación particular.

A veces, estas fuerzas parecen imbuidas de magia, como en: ¿Cómo acabamos encontrándonos? ¿Cómo supiste cómo me sentía? ¿Cómo tuve tanta suerte? Otras veces, tienen un tinte más sombrío, tipo ¿Cómo pudo pasarme esto a mí (otra vez)? Es posible ver en retrospectiva sucesos y elecciones y decidir que fuimos más libres de lo que suponíamos en ese momento, aunque apuesto a que más a menudo sentimos lo contrario. Vemos, en retrospectiva, cómo nuestras vidas y elecciones estaban determinadas, tal vez sobredeterminadas, por las fuerzas y pautas que nos han conformado hasta ahora, así como por las que modelaron a los demás con los que colisionamos. Mientras que a veces pensamos que este enredo nos hace “menos libres”, también es posible que consideremos nuestra capacidad de evaluarlo y reevaluarlo con el tiempo una práctica de libertad en sí misma.

Un tsunami de atención sexual

Reunir los diversos encuentros y tribulaciones de una vida en un relato que intente reformular el azar como karma siempre me ha parecido un tanto sospechoso. Esto es especialmente cierto cuando se trata de historias sexuales, ya que, sobre todo para las chicas, el relato de “van pidiendo guerra” siempre se esgrime para disfrazar el hecho puro y duro de que casi todas nos hemos visto sometidas a un tsunami de atención sexual no deseada antes incluso de llegar a la pubertad. (Mi propia preadolescencia fue de lo más anodina en este aspecto, pero todavía puedo ver con cinemática claridad la polla incircuncisa que asoma de los pantalones del traje de un hombre mientras me seguía, a mis diez años, por nuestra papelería local; todavía puedo escuchar la voz amenazadora del tipo que se me acercó, a mis doce años, en un chiringuito de la playa, y me susurró: “Todavía pareces lo bastante joven como para sangrar”). Tuve abundante sexo en la escuela secundaria, que en su mayor parte no me pareció fantástico ni terrible. Más tarde, como suelen hacer las estudiantes universitarias feministas, sometí mi historia a una reevaluación completa, y me quedé previsiblemente desorientada al darme cuenta de que las experiencias que en su momento había considerado consensuadas parecían salpicadas, en retrospectiva, de al menos cierto grado de coacción, principalmente de la variedad de la cabeza empujada hacia-la-entrepierna mientras oyes las palabras “simplemente chúpala”.

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Y, sin embargo, mientras meditaba sobre mi principal fijación erótica de la secundaria, un chico muy aficionado a empujar la cabeza hacia la entrepierna y a humillarme de manera leve pero potente, también tuve que considerar el hecho de que conducía repetidamente casi cien kilómetros de ida y otros cien de vuelta para verlo, le mentía a mi madre sobre mi paradero cuando lo hacía, y luego evocaba obsesivamente los detalles de cada encuentro como acicate masturbatorio. En pocas palabras, no había ninguna historia verdadera que reflejara nuestra relación. Él a veces era grosero, pero yo era en gran medida el motor de la relación, y aportaba una impresionante cantidad de deseo, a menudo vergonzosamente no correspondido. En retrospectiva, comprendo que experimentaba con el masoquismo erótico mientras trataba de evitar cualquier autolesión o humillación verdaderamente desestabilizadora. Solo lo conseguí a medias, pero apenas tenía dieciséis años. Esas complicaciones fueron en parte lo que me llevó a renunciar a mi trabajo de enseñar a los estudiantes universitarios de primer año lo que era el consentimiento, ya que consideré que el programa no dejaba suficiente espacio para discutir el hecho voraz y turbulento del deseo femenino, que yo había experimentado como la fuerza más poderosa que atravesaba mi vida, pero que literalmente no tenía cabida en el programa, que se centraba principalmente en juegos de rol sobre cómo expulsar a un chico de tu dormitorio si un masaje se volvía sexual.

La interpretación nunca es una actividad estática; muy raramente una historia permanece inalterable a lo largo de toda una vida. A medida que nos hacemos mayores, a menudo nos encontramos con que nuestros relatos ya no funcionan; descubrimos que tenemos que cambiarlos, para que puedan aportarnos algo diferente y acomodar nuevos conocimientos e intuiciones. En este sentido no existe una historia verdadera. Esto no significa que todos los hechos sean intercambiables, ni que no todos tengamos derecho a contar nuestras propias historias. Solo significa que veremos los sucesos de nuestra vida de manera diferente en diferentes momentos, y que nuestra atracción, aversión o indiferencia hacia objetos, personas o acontecimientos siempre están condicionados por nuestro estado de ánimo.

El testimonio de Monica Lewinsky

Un famoso ejemplo de reevaluación constante es el de Monica Lewinsky, que ha revisado la historia de su romance con Bill Clinton en múltiples ocasiones a lo largo de los años, sobre todo inmediatamente después del movimiento #MeToo. Su última versión me parece notable por varias razones, por lo que la citaré generosamente:

(…)

“Dado mi trastorno de estrés postraumático y mi comprensión del trauma, es muy probable que mi pensamiento en esta ocasión no estuviera cambiando de no haber sido por el movimiento #MeToo, no solo por la nueva lente que nos ha proporcionado, sino también por cómo ha ofrecido nuevas vías hacia la seguridad que surgen de la solidaridad. Hace apenas cuatro años, en un ensayo para esta revista, escribí lo siguiente: “Claro que mi jefe se aprovechó de mí, pero siempre me mantendré firme en este punto: fue una relación consentida. Si hubo “abuso” vino después, cuando me convirtieron en un chivo expiatorio para proteger su posición de poder”. Ahora me parece problemático que en algún momento los dos estuviéramos en una situación en la que se planteara el consentimiento. Por el contrario, el camino que conducía a ese lugar estaba plagado de abusos inapropiados de autoridad, posición y privilegio. (Punto final). Ahora, a los cuarenta y cuatro, estoy comenzando (apenas comenzando) a considerar las implicaciones de los inmensos diferenciales de poder entre un presidente y una licenciada en prácticas de la Casa Blanca. Estoy empezando a contemplar la idea de que en tales circunstancias la idea del consentimiento podría ser totalmente irrelevante. (Aunque los desequilibrios de poder, y la capacidad de abusar de ellos, existen incluso cuando el sexo ha sido consensuado.) Pero también es complicado. Muy muy complicado. ¿La definición del diccionario de “consentimiento”? “Dar permiso para que algo suceda”. Y, sin embargo, ¿qué significaba ese “algo” en este caso, dada la dinámica de poder, su posición y mi edad? ¿Ese “algo” consistía en cruzar una línea de intimidad sexual (y luego emocional)? (Una intimidad que yo deseaba, con la limitada comprensión de las consecuencias de mis veintidós años). Él era mi jefe. Él era el hombre más poderoso del planeta. Tenía veintisiete años más que yo, con suficiente experiencia en la vida para saber cómo actuar. Él estaba, en ese momento, en el pináculo de su carrera, mientras que ese era mi primer trabajo después de la universidad. (Nota para los trolls, tanto demócratas como republicanos: nada de lo que he mencionado me exime de mi responsabilidad por lo sucedido. Me arrepiento todos los días.)

‘Esto’ (suspiro) es lo más lejos que he llegado en mi reevaluación; quiero ser reflexiva. Pero hay algo que sé con certeza: lo que me ha permitido cambiar, en parte, es saber que ya no estoy sola. Y por eso estoy agradecida”.

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