ALIENACIÓN INDEBIDA
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Racismo: la furia y el fango

Lo ocurrido el pasado fin de semana con Vinicius no es más que la última expresión del consentimiento que el fútbol practica con las muestras de racismo que se dan en los estadios

Vinicius Jr. y Fede Valverde celebran el segundo gol del Real Madrid durante el partido contra el Atlético de Madrid este domingo.
Vinicius Jr. y Fede Valverde celebran el segundo gol del Real Madrid durante el partido contra el Atlético de Madrid este domingo.Rodrigo Jimenez (EFE)

Tristemente, el futbol español sigue siendo una frase resbaladiza en boca de Joan Gaspart. “Han venido a nuestra casa a provocarnos y eso es algo que no estamos dispuestos a consentir”, dijo nada más finalizar aquel espectáculo dantesco que supuso el regreso de Luis Figo al Camp Nou. Justificaba, el entonces presidente, una serie de tropelías que el resto del país admitió como parte del folclore futbolístico, a saber: un periódico publicó un póster con la cara del portugués dentro de un billete de diez mil pesetas, las radios y televisiones anunciaban la presencia de sonómetros para medir la intensidad de la bronca, algunos tertulianos se debatían entre pitar al antiguo capitán o quemarle el restaurante, e incluso hubo padres que se atrevieron a salir en las noticias presumiendo de las ofensivas pancartas que sus hijos habían garabateado, para la ocasión, en clase de manualidades. Ni que decir tiene que una parte de la opinión pública se alineó con el intrépido análisis de Joan Gaspart: aquello que habían hecho Figo y el Madrid, fuera lo que fuese, no se podía consentir.

Por el camino han ido quedando hechos igual de bochornosos en los que el agraviado casi siempre ha tenido que lidiar con una parte de la culpa. A Samuel Eto’o, en La Romareda, lo abandonaron hasta sus propios compañeros, incapaces de solidarizarse con él cuando desde la grada arreciaban los insultos racistas. “Todos sabemos cómo es Samu”, dijo uno de ellos al ser cuestionado por la polémica en las horas posteriores al partido. Y lo que sabíamos, básicamente, es que a Eto’o lo acosaban con el grito del macaco por ser negro, más allá del carácter indómito al que, seguramente, se referían quienes trataron de asociar su intento de espantada a un calentón: una reacción impropia -esto también se dijo- en quien debería saberse un privilegiado. Como en abril del año pasado -cuando Diakhaby denunció insultos racistas de un futbolista del Cádiz- y en otras tantas ocasiones, el asunto se saldó con un breve parón en el que se aprovechó para explicar al ofendido que la cosa no era para tanto.

Lo ocurrido el pasado fin de semana con Vinicius Jr. no es más que la última expresión del consentimiento, más o menos explícito, que el fútbol y la sociedad española en su conjunto practican con las muestras de racismo que, cada cierto tiempo, se dan en los estadios de nuestro país, ya sea desde las gradas o en el mismísimo terreno de juego. “Son cosas del fútbol”, se dice para aligerar la carga de las pruebas y aliviar las conciencias de quienes están dispuestos a transigir con una pizca de racismo en función de la camiseta que vista el lesionado. También de quienes saben, lo reconozcan o no, que sus actitudes ayudan a normalizar el acoso por las razones que sean. Y llegados a este punto me estoy refiriendo, claro está, a un cierto tipo de periodismo que ha encontrado en la furia y el fango su verdadera razón de ser. ¿De verdad se ha creído alguien que todo lo visto, leído o escuchado la pasada semana, iba de si Vinicius Jr. tiene o no tiene derecho a bailar en sus celebraciones? Acabáramos.

“La historia del racismo es la historia de la injusticia. Y las instituciones, muchas veces, no quieren ver esa realidad porque implica cambiar las cosas, porque implica decir que las cosas no están bien, y eso atenta contra el negocio”, razonaba hace un tiempo Liliam Thuram. “Nadie va a comprar un producto que no funciona bien. Entonces, los que lo venden, prefieren mirar para otro lado”. Y en esas estamos, incapaces de alterar lo que parece estipulado: soltando la mano a Eto’o, o a Vinicius Jr., mientras discutimos si Gaspart tenía o no razón en aquello de que, lo verdaderamente grave, es que venga alguien de fuera a provocarnos.

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